Haciendo historias

Nuestra juventud está interesada en participar y se reconoce con la capacidad de hacerlo, sin embargo conoce muy poco de su entorno.

Hace ya cerca de cuatro años se lanzó Líderes en Pro de la Cultura de la Legalidad, iniciativa del arquitecto Antonio Elosúa, que buscaba, como su nombre lo indica, impulsar el respeto al Estado de Derecho. La propuesta encontró terreno fértil entre el estudiantado que se ha mantenido activo e integrado a través de Acción Cívica Interuniversitaria que los invita a acercarse al tema de la ciudadanía por la vía de actividades creativas y adecuadas a sus intereses como lo son México Pinta Mejor (concurso de carteles), Gol por la Legalidad (torneo de futbol), Haz Corto con la Corrupción (certamen de cine) e Historias Ciudadanas (concurso de corte literario).

En la edición 2014 de este ejercicio me invitaron a formar parte del jurado calificador. Por supuesto no voy a revelar el estatus de nuestras deliberaciones, pero creo que puedo ya compartir algunas reflexiones que me despertó la gruesa carpeta que me entregaron a fin de que empezara a calificar. Me llamó la atención la vasta respuesta hacia una actividad que parecería pasada de moda ante el ejercicio de síntesis al que nos obligan las redes sociales. Que los chavos curtidos en Twitter puedan expresarse con más de un centenar de caracteres, es un logro.

Para mi tristeza, el relevo de Cervantes no se encontraba en esas páginas. Sin embargo sí estaban allí anécdotas sumamente interesantes que arrojan luz acerca de cómo las nuevas generaciones perciben su lugar en el mundo y entienden cuál debe ser su actuar para volverlo mejor.

No fueron pocas las historias que se dedicaron a abordar la tolerancia desde distintas perspectivas. Hubo muchos cuentos volcados en mostrar el orgullo por pertenecer a grupos sumamente diversos y a denunciar cómo algunos perfiles son sistemáticamente excluidos en la sociedad. La gran mayoría de ellos se veía a sí mismo como un necesario defensor de sus amigos más vulnerables, ya sea por ser gays, hipsters o, simplemente, raros.

Otra temática recurrente fue la de la pobreza. Pareciera que estos muchachos, cuyo promedio de edad es de 19 años, están apenas percibiendo que a su alrededor existe gente menos favorecida económicamente. Y, lo que más me sacudió, se dicen sorprendidos de que, a pesar de sus carencias, estén dispuestas a apoyarlos. 

En estrecho vínculo con lo anterior está otro rasgo compartido por infinidad de estas historias: el “yo” como actor fundamental. Elemento muy valioso cuando se trata, como es la vocación de este concurso, de despertar en ellos la motivación para ser agentes de cambio. Preocupante cuando lo que nos evidencian es que se perciben heroicos por ser capaces de simples gestos de compasión o empatía.

Por desviación profesional me impactó también el que ninguno de esos más de 120 cuentos hiciera alusión al ejercicio del voto como fórmula para cambiar nuestro entorno y, si bien abordaron temáticas íntimamente vinculadas con la democracia, sólo uno invocó esta palabra en su narración.

En síntesis, nuestra juventud está interesada en participar y se reconoce con la capacidad de hacerlo, sin embargo conoce muy poco de su entorno y apenas despierta al poder que tiene su involucramiento en el cambio social. Buscan reivindicar su diversidad como algo casi sagrado y se muestran bastante ajenos a la participación política de índole partidista o electoral.

No son ni mejores ni peores, pero entenderlos es una condición sine qua non para construir un México más justo.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com