De un Francisco al otro

Recorriendo el supermercado vi a una mujer en sus treinta bien entrados quien con una mano empujaba una suerte de carriola completamente velada y con la otra jalaba el carrito de las compras desde donde un par de ojos y una lengua babeante sobresalían. En cada adminículo había, efectivamente, un perro. Ambos animales escuchaban atentos la disputa entre su ama y dos vigilantes de la tienda que la conminaban a sacar de allí a los animales. Pero esta lady bulldog se negaba, hacía gala de esa supremacía típicamente sampetrina de imponer su ley cuando quien conmina a guardar las formas no parece ser alguien del mismo extracto socioeconómico. No soporté la tentación de sumarme al llamado al orden.

No soy una mataperros de clóset; me gustan muchísimo los canes y disfruto su compañía. A los que no soporto son a sus propietarios, que insisten en imponernos, a todos los demás, el trato que con ellos tienen: sin correa, sin recoger sus heces, con acceso directo a sus víveres. Estoy harta de escuchar los “no hace nada, sólo quiere jugar”, “esas gracias no son de él, yo aquí traigo mi bolsita” y, la que se llevó el premio aquel día de hacer el mandado: “Ellos no son animales, la animal eres tú”.

Qué bueno que el papa Francisco dedicó su intervención del sábado a tratar el asunto, porque me ha traído mucha luz acerca de la profunda desazón que me provocan estas actitudes: la incongruencia entre esta empatía con los animales y la incapacidad a respetar a los humanos. Dijo el Pontífice: “Cuántas veces vemos gente tan apegada a los gatos, a los perros y después no ayudan al vecino, a la vecina que tiene necesidad… así no funciona” Así, si a un Francisco, el de Asís, debemos ese llamado de atención para amar a todos los seres que nos acompañan en este mundo, del Francisco argentino nos viene este tirón de orejas para no encender tanto la llama, que luego queme al santo.

miriamhd4@yahoo.com