(Eu)rota

¿Será esta Europa en guerra y en recesión, desempleada y replegada sobre sí la que cierre el círculo, volviendo al punto de partida que significó su unificación?

Circula en las redes un video de una de estas conferencias encapsuladas bajo la denominación de “Ted talks” en donde una mujer relativamente joven habla acerca de un tumor cerebral que padece y al que asimila a un extraordinario regalo que le ha procurado la estima y consideración de miles de personas, que le ha permitido verse al espejo y reconocer en sí misma a una luchadora incansable, que le ha traído cantidades inimaginables de flores enviadas por gente que quiere verla mejorar.

La Segunda Guerra Mundial fue ese tumor que nos trajo un regalo espléndido en lo que se dio en llamar la Casa Común Europea. Ese viejo continente que ponía el ejemplo de innovación gestando lo que en los noventa Jacques Delors bautizara como un “objeto político aún no identificado”. Ese matrimonio de voluntad, esa puesta en común que pasaba por la democracia y la búsqueda conjunta de prosperidad, esa alternativa a los nacionalismos cruentos que poblaron durante siglos esos mismos territorios y que eran expulsados con las notas de la Novena Sinfonía de Beethoven al son de la que ondeaba una bandera azul como el cielo y estrellas doradas como el futuro que su entendimiento auguraba.

De un tímido noviazgo limitado al carbón y al acero, pasaron a un muy bien avenido matrimonio que compartía moneda y banca central. Pero la realidad es reacia a los finales felices y se obstina en recordarnos que nuestros días no son plácidos paseos en carrusel, sino estresantes vuelcos en montaña rusa. Rusa precisamente es la cereza del pastel de complicaciones que se sirvió en la víspera de las elecciones al Parlamento Europeo celebradas el domingo pasado. Con el telón de fondo de los gigantes del Este recurriendo a una amistad convenenciera e intimidante, con una crisis económica rampante que mantiene sin empleo a su población en tasas que alcanzan los dos dígitos, especialmente entre los jóvenes, con una amalgama de culturas, historias, filias y fobias que vuelven difícil la percepción de la Europa como un todo, los comicios de este fin de semana anuncian, si no un sisma, sí una nueva etapa de la composición y, por lo tanto, de las negociaciones al interior del cuerpo colegiado con sede en Estrasburgo. Si bien el centro derecha sigue siendo la formación mayoritaria en el Parlamento Europeo, los partidos de extrema derecha y, sobre todo, xenófobos adquieren un peso nunca antes visto en este órgano ni en sus países de origen.

Las tendencias antieuropeas que definen y coaligan a quienes ahora se sentarán, precisamente, en las curules de Estrasburgo auguran una implosión para éste que ha sido el más grande y exitoso proyecto pacificador que han conocido las generaciones de finales del siglo XX e inicios del XXI.

¿Será esta Europa en guerra y en recesión, desempleada y replegada sobre sí la que cierre el círculo, volviendo al punto de partida que significó los dolores de parto de su unificación? El nombramiento, por acuerdo mayoritario, de quien será el nuevo presidente de la UE será la primera tarea relevante de los nuevos eurodiputados. El rumbo que tome la construcción de la mayoría para lograrlo arrojará mucha luz sobre este dilema que puede romper a Europa.

mhinojosa@udem.edu.mx