“Enrique y un día terrible, horrible, malo… ¡muy malo!”

A este hervidero le vino a subir la temperatura, la noticia de que un vehículo en el que viajaban estudiantes del Tecnológico de Monterrey había sido baleado.

Hace apenas dos semanas, en este espacio dábamos cuenta de cómo, al acercarse personalmente el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, a dialogar con los manifestantes del Instituto Politécnico Nacional, se generaba una actitud claramente contrastante con la que tuvo el gobierno en 1968 en los eventos que llevaron a la masacre en Tlatelolco.

Sin embargo, muy poco rédito político tuvo la proactividad del funcionario. A pesar de que los estudiantes no decidieron replegarse de inmediato, todo parecía ir tomando el rumbo de la calma, hasta que, de pronto, se supo de la desaparición de varias decenas de estudiantes normalistas en Querétaro. Se trató de una chispa que vino a chocar contra una enorme pila de leños secos. El movimiento del Politécnico tomó nuevos bríos y surgieron levantamientos en la UNAM y en otras escuelas normalistas que se agregan al reclamo de los estudiantes guerrerenses que quieren ver regresar con bien a sus compañeros.

Pero el ámbito estudiantil no fue el único que se incendió con lo acontecido en el estado costero. Sin duda el espacio político ha sido también sacudido por los acontecimientos que, cual si se jalara la punta de una madeja, nos han llevado de un asombro a otro. Una “primera dama” del municipio familiarmente vinculada con miembros del crimen organizado, un alcalde con un gobierno que actuaba bajo la protección de las mafias de su familia política, un gobernador que, al parecer lo sabía todo y no actuaba y autoridades federales que fueron puestas en conocimiento por, nada más y nada menos que el señor de las ligas, quien —mire usted qué cambio de rol— ahora le tocó salir a pedir actuar ante los abusos del poder de los gobernantes surgidos de las filas de su propio partido.

A este hervidero le vino a subir la ya de por sí alta temperatura, la noticia de que, en el estado de marras, un vehículo en el que viajaban estudiantes del Tecnológico de Monterrey había sido baleado por policías que dicen haber escuchado detonaciones y que actuaron ante la negativa a detenerse en plena carretera guerrerense, hiriendo al menos a uno de ellos que, agreguémosle aceite al fuego, es además ciudadano extranjero y viajaba acompañado de otros universitarios de intercambio en nuestro país.

Es como si los demonios anduvieran sueltos. Es como si, parafraseando al ex presidente Fox, se hubiese dado una pésima alineación astral y todo lo que pudiera resultar mal, de acuerdo a la omnipresente Ley de Murphy, hubiese ocurrido de la peor forma posible.

Y, sin embargo, no hay demonios ni astros en la explicación de tal cantidad de sucesos deplorables. Hay, sí, la preocupante pregunta de una chica universitaria francesa, compañera de clases del joven teutón baleado, que, indignada interpeló a sus colegas mexicanos: ¿les parece normal tanta violencia?

La respuesta es un simple sí. Por eso la dejamos correr libre por nuestro país, por eso la dejamos crecer sin indignarnos. Por eso le permitimos llegar al poder. Por eso luego, de tan normal, ya no la soportamos.

No se trata de una jornada “terrible, horrible, mala… ¡muy mala!”, como reza el título de una película de reciente estreno, sino de años de indolencia.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx