Dinero, no moral

Sarkozy tuvo que corregir en su discurso de Puerto Príncipe y dejar claro que el pago al que se refería era metafórico; todo ante una audiencia cuidadosamente seleccionada...

Francia es una y varias. Es tanto la cuna de la Ilustración, como un torbellino imperialista que buscará, de forma casi automática, mantener su supervivencia a costa de tejer lazos tan estrechos como asfixiantes con las que fueran sus colonias.

La primera visita oficial de un presidente francés a Haití se da apenas este año. Si bien Sarkozy había estado en la isla en enero de 2010, su paso obedeció a la situación de emergencia vivida en ese país por el mortal temblor y, por lo tanto, no revistió el protocolo que hoy tiene la presencia de François  Hollande.

Se trata de una gira regional al Caribe que ha resultado bastante compleja a nivel político para el mandatario francés surgido de la izquierda. En Cuba se reunió con Fidel Castro, suscitando críticas intensas de la oposición gala que vio, en la atención brindada al líder de la Revolución en La Habana, una forma de respaldar un régimen dictatorial.

Llegó a Puerto Príncipe teniendo como telón de fondo un enredo mayúsculo generado por su propio discurso pronunciado 48 horas antes en su visita a la Isla de Guadalupe. Allí, en plena inauguración de un museo dedicado a la historia de la esclavitud, invocó los 150 millones de francos-oro que Francia exigió a Haití como indemnización para los colonos al momento de la independencia y dijo “(es una) deuda que algunos han llamado el pago de un rescate por la independencia y que, sin duda, puso en riesgo el futuro de (ese) país. Cuando vaya a Haití pagaré la deuda que tenemos”.

Con eso bastó para generar en el paupérrimo enclave caribeño la vaga esperanza de que a lo que Hollande se refería era al reembolso de esa cantidad. Y de pronto fue como si los años no hubieran pasado y que la tensión colonial continuara tan vigente como en el siglo XIX. Así, el inquilino del Palacio del Eliseo tuvo que corregir en su discurso de Puerto Príncipe y dejar claro que el pago al que se refería era metafórico; todo ante una audiencia cuidadosamente seleccionada, mientras las turbas permanecían a una “sana distancia” blandiendo cartelones que exigían “dinero y no moral”.

La presencia de Hollande en el Caribe se convierte entonces en un llamado a dejar de llorar sobre la Historia, lo mismo la del régimen castrista en Cuba que la del imperialismo francés, y hacer una apuesta por el futuro. Pero, como ante cualquier croupier, el presidente galo tuvo que pagar por ver, y puso para ello las fichas de la esperanza de los jóvenes que en Haití han sido condenados a la miseria ante las carencias educativas. Más misiones culturales, centros educativos de alta calidad, becas multiplicadas para que jóvenes haitianos se formen en Europa.

Las promesas de Hollande trajeron a mi memoria el edificio aquel que tuve la oportunidad de frecuentar como estudiante en París. Un hermosísimo palacete blanco, entre el Port Royale y el Jardín de Luxemburgo, adornado con vitrales en los que se leía: Escuela de la Francia de Ultramar y que en aquellos años se había convertido en el Instituto Internacional de Administración Pública que, haciendo honor a su nombre, daba cabida cada año a medio centenar de funcionarios públicos venidos de un sinfín de países. La mezcla de nacionalidades dependía de los intereses franceses del momento. Acudí en una época de declive de América Latina en el barómetro diplomático francés, que dio paso a una fortísima presencia de originarios de la recién desmembrada Unión Soviética y Repúblicas Satélites.  Nunca vi por allí a algún haitiano.  Esperemos que esta vez sea verdaderamente su turno para que los apoye, no la Francia imperial, sino la República que dio a luz a Las Luces.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com