Diálogo en el Paraíso entre EPN y Cuarón

¿Quien soy yo para inventarme un diálogo si no he leído a Monsieur Maurice Joly? Y sin embargo, caigo sin más en la construcción del improbable diálogo entre Peña y Cuarón

Tengo una deuda con mi señor padre. Él que llenó los estantes de la casa con un sinfín de libros. Él que me mostró por primera vez Cien años de soledad, las poesías de López Velarde y las columnas de los periódicos. Él nunca logró que leyera aquel libro que llevaba el título de Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Ese título que, a los diez años (época en que me empezó a sugerir su lectura) parecía un total acertijo, se fue volviendo más claro conforme las posturas de los personajes puestos a argumentar en un improbable diálogo empezaron a tomar forma, primero, como breves bosquejos en primaria y secundaria, y luego, como lecturas obligadas en profesional. Pero ni así le hice caso. Por alguna razón que todavía desconozco, nunca abrí esa obra que tantas veces tuve a mi alcance.

Por esa invitación a la que me resistí con la vehemencia que sólo surge de la irracionalidad, lo que pretendo hacer a continuación me parece sacrílego: ¿Quién soy yo para inventarme un diálogo si no he leído a Monsieur Maurice Joly? Y sin embargo, atraída como mosca a la dulce miel de la sátira fácil, caigo sin más en la construcción del improbable diálogo entre Peña Nieto y Cuarón:

EPN: ¿Alfonso? ¿Qué pasó? ¿Cómo estás?

Cuarón: Bien, ¿a qué debo la llamada?

EPN: Quiero darte las gracias, Alfonso.

Cuarón: ¿Las gracias? 

EPN: Sí, Alfonso. Necesito darte las gracias por tus preguntas. Qué atinado de tu parte. Le has dado un gran servicio a todos los mexicanos. Preguntaste lo que todos queremos, perdón, quieren saber. De verdad, muy interesantes todos tus planteamientos. ¡Además el orden! Primero lo primero: ¿para cuándo bajan las tarifas? Obvio no eres tú el que quiere saberlo. A ti qué más te da, si ni estás aquí, pero identificaste muy bien dónde están las prioridades de nuestros compatriotas.

Cuarón: Perdóneme, Presidente, pero no puede decirme que qué más me da. Esté o no esté en México, es mi país. Me importa y me duele todo lo que pasa con él.

EPN: Si por eso te agradezco, Alfonso. Te insisto que ha sido una gran contribución ese cuestionario. Ya le dije a mi equipo de comunicación: “Miren, él sí supo cómo resumir los temas de la reforma”; no, si bien dicen, el que sabe, sabe.

Cuarón: ¿Y no le puede decir a su equipo de comunicación que entonces aproveche mi “contribución” y se ponga a elaborar las respuestas?

EPN: Que no te quepa duda; en eso están. De hecho me informan que giré instrucciones para que se concentren en eso. El problema es que se les fue algo de tiempo en prepararme los tuits con los que salí a felicitarte por tu idea de las preguntas. Porque te insisto, lo tuyo fue pero un puntadón.

Cuarón: ¿Y como para cuándo cree que queden las respuestas?

EPN: Ay, mi estimado Alfonso. A tanto estar fuera se te está olvidando que en México las cosas son distintas. Ahora sí que la duda no es cuándo estarán listas tus respuestas, sino cuándo estarán listas las leyes secundarias que nos darán por fin las respuestas. Y ahí sí que ni cómo ayudarte. Pero bueno, nos estamos desviando del tema. Yo te hablaba para felicitarte por lo que estás haciendo por el país. No me cabe la menor duda de que juntos, tú y yo, estamos salvando a México en la revista Time: Imagínate, yo en la portada y tú en la lista de los 100 personajes más influyentes del mundo. De veras que somos el Mexican Moment.

Cuarón cuelga el teléfono al tiempo que una lágrima escurre por sus mejillas y cae sobre el más reciente número de la revista Time.

mhinojosa@udem.edu.mx