Déjense de ceros

Con bombo y platillo se anunció que el ejercicio presupuestal de este año se haría con la metodología "base cero", es decir, no replicar en automático las partidas de años atrás e inflarlas para imprevistos, sino sentarse a considerar seriamente cuáles serían los objetivos a alcanzar, los indicadores para los mismos, los programas a través de los cuales se buscaría llegar a tales metas y, ahora sí, presupuestarlos. Con ello se pretendía, al menos en teoría, exorcizar la perniciosa inercia que infla sin cesar el gasto público. Pero, al parecer, todo quedó en un ardid mediático que no se tradujo en un cambio sustancial en la forma de decidir cuánto y en qué gastamos en este país.

Creo que la clave está en que, ni aún con las mejores intenciones, la metodología base cero es la solución a nuestros problemas que están anclados en un tema de lenguaje. Mientras la discusión del presupuesto se siga dando en términos de números, divisas, precios esperados del petróleo y deuda, no llegaremos muy lejos. Tampoco avanzaremos mucho si seguimos hablando de ingresos en términos de tasas impositivas que van a una suerte de caja negra de donde el gobierno va simplemente sacando para honrar a ese presupuesto que engorda sin cesar.

Sé que sonará muy infantil, pero más que volver esto un asunto de párvulos, lo que sugiero es volverlo un asunto de legos; porque la inmensa mayoría de quienes aquí vivimos poco o nada entendemos de pidiregas, swaps, reservas y demás perlas del glosario del señor Carstens y sus amigos.

Hablemos primero de los ingresos. Sugiero que establezcamos un sistema de cupones (virtuales, por supuesto, no es cuestión de manejar la hacienda pública con tiras de "promoticket"). Así, ponemos todos los gastos del Estado Mexicano debidamente etiquetados y los sacamos a la venta de los pagadores de impuestos. Habría cupones que dirían, por ejemplo "construcción de una escuela en Oaxaca", otros que dirían "equipamiento hospitalario para Guerrero", "fondos para el desarrollo de microempresas en Zacatecas", etcétera. Pero también habría otros (las espantosas equis) que dirían cosas horribles como "sueldo de Videgaray", "guardarropa de la primera dama", "gasolina para el avión presidencial" y no sigo para no adelantarme a la fiesta de espantos que se avecina.

Así, los contribuyentes tendríamos prisa por lanzarnos al pago de impuestos y lograr que nuestro dinero fuera a cosas que nos llenaran de orgullo y no a las que nos apesadumbran.

Por otro lado, las erogaciones del Estado no deberían medirse más en pesos ni en dólares, sino en un tipo de cambio socialmente más elocuente: propongo que establezcamos unidades de medida que se llamen hospitales, escuelas, carreteras, becas, patentes. Así, cuando alguien pregunte cuánto gana Aurelio Nuño responderíamos algo así como "tres aulas multimedia", o cuando nos cuestionen cuánto costó una gira presidencial podríamos decir que se gastó un hospital de cuidados intermedios o diez clínicas de atención urgente.

Se trata de que nos alejemos de la danza de los millones que, en la magra economía familiar no significan nada, porque llegados al cuarto cero simplemente dejan de tener un referente en nuestra cotidianeidad, para traducirlos en algo que no sólo entendamos, sino que sintamos. Se trata de que el presupuesto no nos maree, sino que nos duela. Se trata de que nuestros impuestos no nos indignen, sino que nos hagan sentir solidarios. Se trata de que exijamos se nos rindan cuentas y peleemos por lograr la eficiencia porque estamos viendo claramente el costo de oportunidad que no hacerlo significa.


Politóloga*  
miriamhd4@yahoo.com