Degenerados

En el ámbito de los derechos humanos México es una cancha muy dispareja. La lacerante desigualdad que nos caracteriza como sociedad es sin duda un factor que acentúa las diferencias en la protección de las garantías que deberían asistir a los mexicanos. La justicia a secas no se aplica a nadie, pero, definitivamente, cartera y contactos son buenas formas de aceitar la maquinaria. El principal motivo para estar en prisión en nuestro país sigue siendo la pobreza.

Sin embargo, hay un factor discriminatorio que no obedece a clases sociales: el género. Las mujeres, independientemente del estrato social en el que se encuentren insertas, sin importar si estudian, trabajan en el hogar, en una fábrica o en una empresa, viven formas de marginación e incluso de violencia que son una cátedra negra de creatividad. Desde el techo de cristal y la doble jornada, hasta las palizas, las violaciones y los feminicidios el catálogo de acciones enfocadas a coartar la libertad femenina y penalizarnos simplemente por ser mujeres es extenso y doloroso.

El que no haya clase social que lo destierre se explica porque hemos hecho de la diferenciación por géneros una forma de vida, un cliché que repetimos sin cesar y al que, tristemente, muchas veces las propias mujeres adherimos.

Ayer, en pleno Día Internacional de los Derechos Humanos, una empresa vendedora de autos nos regaló una joya publicitaria que no tiene desperdicio.

Una melosa voz femenina daba primero por sentado que las mujeres no entendíamos nada acerca de las prestaciones mecánicas de un auto; para luego decirnos que lo nuestro era el diseño y el confort, y que por eso teníamos que ir a conocer la nueva camioneta que promovían y que está, desde esa perspectiva, pensada en nosotras.

Seguimos siendo percibidas como piezas de estuche, en este caso específico con ruedas, pero en otro con forma de casa, de sillones, de abrigos o de cualquier otro envoltorio en el que por definición consideran que buscamos acomodarnos.

Así, del lujo absoluto de la camioneta Buik que Rivero Motors trata de vendernos a nosotras, las que no sabemos de mecánica pero sí de confort, a las lecciones de teoría política que algunos legisladores tratan de brindarnos para explicarnos por qué la paridad en las candidaturas vulneraría los principios de un régimen democrático, pasando por las lavanderas y señoras peluches que se yerguen como únicas interlocutoras válidas con un género del que están convencidos no encuentra interés sino en la banalidad y no tiene más desvelo que el que las camisas de su marido estén bien blancas y sus hijos coman calcio, la desacreditación de las mujeres como los seres inteligentes, comprometidos y activos que somos, no tiene fronteras de ninguna índole y se reitera cada minuto del día.

Lo más grave de la situación reinante es que se integra con nuestra cotidianeidad hasta formar parte de nuestro "paisaje normal" y quienes nos oponemos, de manera más o menos evidente, a perpetuar estas prácticas discriminatorias somos vistas como entes raros en el mejor de los casos, amenazantes en la mayoría de ellos. Somos tratadas de viejas argüenderas, feminazis, gallinero e infinidad de motes que buscan minimizar la relevancia del discurso en pro de una paridad de género.

No podemos hablar de Derechos Humanos mientras estos estén de entrada restringidos a más de la mitad de la población.

Politóloga*