Cuarto de siglo

Vibraban en él la ideología de su padre y el pragmatismo de su madre. Pero, sobre todo, brillaban sus ojos cuando vislumbraba aquel dulce porvenir...

Hace un cuarto de siglo frecuentaba, al igual que aproximadamente un centenar de alumnos, la Facultad de Ciencias Políticas de la UANL. Hasta allá llegó un joven que no dejó indiferente a nadie. Lo primero que llamaba la atención era su origen. Provenía de un matrimonio francamente extraño: lo engendró un padre de convicciones izquierdistas que lo mismo lindaban con el radicalismo en algunos puntos, que con la moderación en otros. Lo parió una madre conservadora y estricta. De ésas de familias acomodadas pero de orígenes campesinos y obreros. La familia había aprendido a amar su estatus y sabía que, para conservarlo, mantenerse unida era determinante. Por eso les dolieron tanto las desavenencias con aquella hija que buscó novio y encontró matrimonio con el comunista aquel que seguro había participado en manifestaciones en las que a punta de pancartas querían cimbrar a las familias que, como ellos, se habían encumbrado con tantos esfuerzos.

De allí venía el chico que atrajo todas las miradas en aquella facultad en la que nos preguntábamos qué nos había llevado a dedicar nuestra vida a algo tan críptico (aun para nosotros) como la Ciencia Política. Seguramente era para emular a tipos como él, tan seguros de sí mismos, tan dispuestos a cambiar al mundo, con ideas revolucionarias e hipnóticas que convencían que un México justo y próspero para todos era posible.

Después de todo, él sabía de lo que hablaba. Vibraban en él la ideología de su padre y el pragmatismo de su madre. Pero, sobre todo, brillaban sus ojos cuando vislumbraba aquel dulce porvenir que traducía en palabras que se volvían embeleso. Si uno quería ser parte del grupo de intelectualoides de la escuela: había que frecuentarlo. Si uno quería entender la clase de Economía: requería sus explicaciones. Si uno quería no ser tildado de retrógrada, cachorro del imperio o reaccionario, sin duda había que adherirse a sus arengas.

Pasó el tiempo y poco a poco nos fuimos colocando en una ruta profesional más o menos potable. Realizamos algunos de nuestros sueños, y soñamos otros, y nuevamente nos pusimos en marcha para cristalizar esos propósitos. Pero él no. Él siguió siendo promesa, él siguió buscando abarcarlo todo. Su curiosa y mixta raigambre se convirtió en un peso más que en una virtud. Se transformó en una herida que lo partía en dos, tres, diez, cien versiones diferentes de sí mismo que iban tomando por relevos el mando de sus acciones y llevándolo por un camino un breve instante para después atravesar hacia otro y otro más, buscando siempre descubrir un atajo, una brecha, que lo llevara a ese paraíso que a todos nos prometió.

Veinticinco años después sigue así, fiel a sí mismo. Debatiendo si para ser verdaderamente progresista es indispensable portar pantalón de mezclilla y chanclas; o si se puede poner un traje y sentarse a negociar con quien gobierna. Preguntándose si una doctrina vale más que otra y si es posible que le vuelvan a contar los votos porque intuye que faltaron algunas boletas.

Con asombro, México mira a ese PRD que hace veinticinco años se dibuja como una alternativa que no logra concretarse. Lo celebramos porque la pluralidad se celebra. Pero lo extrañamos, como opción y ya no como promesa.

Politóloga*

mhinojosa@udem.edu.mx