Condenados a ser condenados

Si no es bueno decir cosas cuando estás enojado, mucho menos lo es escribirlas. Y, sin embargo, el límite de entrega de esta colaboración se llega y no me queda sino tratar de ser objetiva al hablar de un tema que me toca las fibras más sensibles.

Es claro que la crudeza de los crímenes de los que en nuestro país hemos tenido noticias a últimas fechas deja poco margen para la misericordia. Basta con ver la cara con la que el asesino de Hugo Wallace Miranda reta a la cámara para saber que no merece perdón. Escuchar a la madre del secuestrado llamarlo por su nombre de pila –Jacobo– al pedir que mostraran su intacto torso que, a diferencia del de su hijo que fuera despedazado por sus victimarios, no mostraba seña alguna de tortura, es suficiente para saber que esta mujer le estaba acordando al criminal un trato muy superior en calidad humana de lo que este individuo debería recibir.

Pero cuando escucho hablar de El Ponchis las convicciones se me desbaratan.  La certeza de que la mano dura contra los criminales es una de las pocas rutas seguras hacia la construcción de un ambiente social más sano se me resquebraja cuando pienso que se trata de un niño –que eso es- de apenas 14 años, de los cuales varios han transcurrido en esta temprana carrera delincuencial.

Soy madre, como Isabel Miranda, pero también lo soy como la que trajo al mundo a este pequeño y atroz asesino. No puedo dejarme de cuestionar acerca de si la deuda que como sociedad tenemos con quien fuera del mundo del hampa responde al nombre de Édgar Jiménez no es mayor que la que él tiene con la misma sociedad. ¿Cómo un pre adolescente llega a una carrera delincuencial pútrida a tal nivel?  Seguramente no fue en el marco de un ambiente familiar y social sano. Dudo mucho que él y sus hermanas –también al parecer involucradas en el narco-  sean fruto de un matrimonio sólido, sean miembros de una familia en la que los valores se predican con el ejemplo, hayan egresado de una escuela en la que se despierta el gusto por el aprendizaje.

Por eso no puedo simplemente adherir a los que lamentan que su corta edad sea la razón para no mantenerlo en prisión por lo que le queda de vida. Por supuesto no creo que los tres o cuatro años que vaya a estar en un centro de readaptación social bastarán para insertarlo en la senda del bien (de hecho, pienso lo contrario) pero tampoco considero que sea justo que purgue por las faltas cometidas a una edad en la que el juicio no se ha desarrollado cabalmente. ¿A cuántos niños más tendremos que declarar como basura irredenta al alba de la vida? ¿No estamos, al confesarnos incapaces de concederles un futuro, negándonos el propio?

“Desde mi enojo” se llamaba esta colaboración que escribí hace casi tres años, cuando fue aprendido El Ponchis. Prácticamente treintaiséis meses que pasó tras las rejas. Tiempo que lo convirtió de niño –si es que alguna vez lo fue– en un hombre –si es que alguna vez lo será. Partió hacia San Antonio buscando rehacer su vida, lo más seguro es que ni éste, ni viaje alguno se conviertan para él en un destino. Lo más seguro, declaran incluso los jueces a cargo de su liberación, es que este periodo no haya significado para él una forma de reinserción. Pero no es extraño que en el que fuera llamado El niño sicario no se haya operado transformación alguna; tampoco tuvo lugar en nuestras autoridades, ni en nuestros procesos judiciales, ni en nuestro sistema educativo, ni en nuestro tejido social.

Ni adentro ni afuera hay todavía esperanza para los niños que nacen condenados a ser condenados.

Politóloga