Comerse a sí mismo

Parece increíble que quienes se aportan toda clase de ayuda ante desastres naturales, sean los mismos que, frente al hambre crónica, no aporten más que críticas.

Hace un par de décadas leí un cuento genial que narraba la historia de Minime, un individuo que, harto de pasar hambres, decide comerse a sí mismo, por lo que va dando cuenta, uno por uno, de todos sus dedos. La metáfora, inserta en una edición especial que abordaba las temáticas relativas al medio ambiente, en el marco de la cumbre de Río 1992, aludía, por supuesto, a lo que ocurre en los países en los que la población, en aras de sobrevivir, explota los recursos naturales sin perspectiva alguna de sostenibilidad. Se comen a sí mismos, lo que es muy fácil de ver cuando se tiene el estómago lleno. Imposible sería notarlo —y menos aún controlarlo— cuando las tripas lloran estrepitosamente su vacía condición.

El recuerdo del cuento me vino charlando sobre la compra de votos. El voto del hambre no es uno que se dirija, con perspectiva de futuro, hacia quién puede conducir al país, al estado o al municipio con rumbo a mejores estadios de desarrollo. Para sufragar en esa dirección habría que considerar que eso hará posible tener un empleo que generará un ingreso que permitirá comprar el sustento. Y esa cadena se ve larga, larga, cuando también son largas las caras de tus hijos pidiéndote algo de comer. O cuando, como el Macario de Traven, sólo los observas dar cuenta de los pocos víveres y te quedas soñando en cuándo podrás zamparte a solas un manjar.

El voto del hambre es el voto de la inmediatez. El de la solución de prisa al problema inminente. El voto del literal comelonches (como despóticamente lo llaman quienes critican su actuar), juzgándolo falto de civismo para comprometerse con un futuro más promisorio, o carente de intelecto para diferenciar recompensas duraderas de simples fiambres.

Parece increíble que quienes se conmueven y aportan toda clase de ayuda ante desastres naturales, sean los mismos que, frente al hambre crónica, no aporten más que críticas hirientes. Y ése es,
por encontrar alguna jerarquía de lo indecente, el pecado venial.

Cometen una suerte de falta capital quienes se placean como los líderes que habrán de mejorar el entorno, dictan sendos discursos alabando el horizonte que habrán de construir, y basan su triunfo, precisamente, medrando con esta vulnerable condición.

Y, en esta galería del horror, los hay, por supuesto, aún peores. Hay los que, siguiendo la analogía, cometen pecado mortal: no sólo basan sus triunfos en la creación de clientelas hambrientas cuyo voto comprarán con escasos bienes, sino que adquieren dichos bienes con los fondos públicos que estaban precisamente destinados a abatir la pobreza con la que ahora esculpen sus triunfos. Más grave, imposible.

Quienes en México sufren de pobreza, y estamos hablando de la mitad de nuestros habitantes, son como Minime: no han encontrado más remedio que devorarse a sí mismos: entregar sus derechos inalienables, como lo es el voto, pero que también pueden ser su sexualidad, su nombre, su tranquilidad, su libre expresión… en aras de obtener satisfactores básicos para ellos y sus familias.

Qué fácil es pensar en la democracia con la barriga llena. Qué difícil volverla una realidad para quienes carecen de lo más esencial. Combatir la pobreza en nuestro país es quizá la forma más básica de forjar ciudadanía.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx