Cogobierno

Si las condiciones que genera el nuevo gobierno no son aptas para el desarrollo de las grandes empresas, no habrá coequipero que baste para dialogar con la IP.  

El resultado de las elecciones para gobernador del pasado 7 de junio en Nuevo León trajo consigo algunos de los efectos más gustados por los habitantes de este Estado. El primero de ellos, situarnos en la vanguardia o, como nos gusta decir acá en el Norte, “andar de novedosos”. Nos encanta probar lo que nadie ha probado y decir que aquí se hizo primero, mejor y más grande. Lo segundo, es que nos encanta estar en boca de todo el país: de qué sirve ser osado si nadie se entera. Así que nos deleitamos cuando viajamos a algún otro estado de la República y nos preguntan que cómo nos va con el independiente, y alcanzamos el éxtasis si nos dicen que es una pena que ellos no hayan logrado lo que nosotros sí conseguimos. Me atrevo a decir que nuestra autocomplacencia alcanza niveles de nirvana cuando además nos recalcan que es un tipo con una imagen de macho bien entrón y de mano dura el que ahora nos gobernará. Allí sí ya nos despegamos del piso.

Sin embargo, creo que poco hemos puesto atención a un rasgo del gobernante entrante que, ése sí es el que lo coloca en un estadio altamente innovador de la política, y es el cogobierno. Se ha discutido la veracidad de la asociación de Jaime Rodríguez con Fernando Elizondo; se ventilaron incluso grabaciones en las que al parecer el propio gobernador electo, durante la campaña, calificó esta alianza como mero show. Se ha hablado también de cuántos votos pudo realmente haberle acercado Elizondo a quien se erigió como incuestionable triunfador de la jornada electoral. También es muy frecuente escuchar que el ex gobernador le ha traído al electo un poder de interlocución con la clase empresarial del que carecía.

Hablemos primero del presunto show. El mismo sería explicable en el periodo de campaña, sin embargo, una vez alcanzado el objetivo electoral, qué sentido tendría mantenerse en ello: es cierto, le restaría credibilidad el que Elizondo desapareciera del escenario así de pronto. Pero creo que todos entenderían que la portada de Forbes no fuera compartida y, sin embargo, lo que retrata la revista es al binomio y no al macho que encaró con afrentas al estatus quo.

Los votos que pudo traerle Elizondo a la causa del Bronco no deben de haber sido muchos, su capital político era bastante raquítico al momento de lanzarse a apoyar al candidato independiente. En cambio, en ese punto de su campaña, Jaime tenía elementos suficientes para saber que ganaría con o sin Elizondo de su lado.

Y en lo que respecta al empresariado, hablan un idioma que es el de los negocios, y si Jaime lo domina, independientemente de contar con el empuje del ex secretario de Energía, llevará una buena relación con este estamento que representa un poderío exorbitante incluso a nivel país. Igualmente, si las condiciones que genera el nuevo gobierno no son aptas para el desarrollo de las grandes empresas, no habrá coequipero que baste para dialogar con la iniciativa privada. 

Es precisamente el que la presencia de Elizondo en el equipo de Jaime Rodríguez no responda, a mi parecer, a ninguna de estas hipótesis, lo que me llena de esperanza. Eso querría decir que el gobernador electo entendió que en democracia el nombre del juego se llama gobernanza. Y que ésta no se alcanza con el poder unipersonal y aplastante, sino con la sabia integración de puntos de vista distintos y con desagregación de los tomadores de decisiones. Espero que hacia allá vaya la apuesta de tener tan cerca a quien el equipo original con el que se lanzó el independiente no ha dejado de llamar, con un respeto que llama la atención, “Don Fernando”.

Politóloga

miriamhd4@yahoo.com