Cicuta para el éxito

Hace algunos meses se hizo público un muy innovador sistema para que los niños que son víctimas de abuso puedan conocer los datos de a dónde dirigirse para denunciarlo. Se trata de publicidad en parabuses que, a la altura de un menor, presenta imágenes e información distintas a las que son visibles desde la perspectiva de un adulto. Así, el niño puede estar observando este mensaje sin que su abusador se percate de qué se trata.

Las noticias más recientes nos indican que nuestro país entero podría estar hecho de un sistema así. Nos enteramos de que pequeños basquetbolistas que ni siquiera están habituados a utilizar calzado (mucho menos tenis de última generación), provenientes de la etnia Triqui de Oaxaca, se coronaron campeones del mundial de basquetbol infantil en Argentina. Simultáneamente y en el mismo deporte, un equipo de niñas poblanas se hacía también con el triunfo.

Paloma, una pequeña de Matamoros que habita un tejabán en un basurero municipal en el cual su padre fue pepenador y murió víctima de las condiciones inhumanas que le infringía este oficio, obtuvo el primer lugar en la sección de Matemáticas de la prueba ENLACE y el tercero en la sección de Español. Al tiempo que sus compañeros de clase, originarios de la misma colonia de elevado índice de marginación, obtenían resultados tan altos como impensados para niños con sus características socioeconómicas.

A ellos han venido a sumarse tres amigos que se bautizaron como el equipo Jet Mars y que diseñaron el Hubble-3, proyecto con el que respondieron a la convocatoria de la NASA para desarrollar robots que contribuyeran a volver posible la vida en Marte. La información disponible acerca de los chicos no deja entrever que provengan de un estrato desfavorecido económicamente, pero su logro no deja de ser excepcional en un país cuyo desarrollo científico y tecnológico, especialmente en áreas como la robótica, es incipiente; lo que los coloca, ya de entrada, en un entorno que no sirve normalmente como caldo de cultivo para estas proezas. Los jóvenes lograron un muy digno segundo lugar ante proyectos venidos de todas partes del mundo.

Del caso de la Selección Sub-17 de futbol, mejor ni hablar. Ante sus heroicos logros, que contrastan con los de la Selección de los mayores, cabe preguntarse qué tóxico brebaje ingieren tan pronto alcanzan la mayoría de edad, que los vuelve incapaces de repetir sus proezas. ¿Acaso bebemos todos los mexicanos, al cumplir 18, de esa misma cicuta del éxito? ¿Nos ocurre, como en el sistema de visualización del anuncio del parabús, que pasada cierta edad somos incapaces de observar las cosas con la perspectiva con la que las perciben los infantes?

La verdad es que en el origen de los casos de éxito que acabo de enumerar hay niños, pero también hay adultos. Profesores y coaches que supieron sobreponerse a las barreras y transmitir a sus equipos y alumnos esta convicción de no tener fronteras en su capacidad de transformarse en campeones en ámbitos que parecerían reservados a unos cuantos privilegiados. ¿Dónde están los coaches y los maestros del resto del país? ¿Dónde están nuestros liderazgos? Hace mucho que nadie nos convence de que estamos hechos para triunfar; se necesitan visionarios que nos recuerden que el zapato no hace al basquetbolista y que Steve Jobs puede no estar en un garaje sino en un tiradero de basura. Que dentro de nosotros reside toda la riqueza que necesitamos, sólo hace falta quién nos conmine a hacerla valer.

Politóloga