Campamento de verano

Me acordé de los campamentos de verano: los cuidadores organizaban equipos a los que bautizaban y vestían con colores bien diferenciados para generar sentido de pertenencia y aumentar la competitividad entre los diversos bandos. Jugábamos a jalar la soga y celebrábamos el haber hundido a los oponentes en el lodazal como si nos lleváramos una victoria olímpica. Los encargados nos incentivaban al festejo o a la revancha. Inventábamos porras, nos dotábamos de himnos y, cuando ya no quedaban más afrentas programadas, seguía la guerra por la vía de bromas y novatadas.  Pero al terminar la jornada, los organizadores se reunían, cenaban juntos, se carcajeaban y planeaban qué nuevo combate presuntamente épico nos propondrían para reavivar nuestra hambre, no sólo de triunfar, sino de reducir a los demás a su mínima expresión.

Así es el México de las elecciones de 2016.  Un campamento en el que los ciudadanos nos enfrentamos apasionadamente mientras las élites se ponen de acuerdo. No coincido con quienes ven en los resultados de los comicios del domingo un parteaguas de la vida política nacional. Sí creo, en tanto, que lo ocurrido es reflejo del hartazgo de la ciudadanía que busca un cambio, aunque al parecer se adentra aún más en el laberinto.

En Veracruz ganó el PAN, pero encabezado por Miguel Ángel Yunes, cuya socialización política –y no hablo de cuando era un imberbe adolescente– se gestó en el PRI, y es el caso también de Rosas Aispuru en Durango. Lo mismo y más acentuado va para Carlos Joaquín en Quintana Roo, cuyo respaldo político fue simplemente capitalizado por la oposición cuando su partido de origen optó por no postularlo a la gubernatura.

Al final, sí, los ciudadanos cumplieron con su deber, se valieron de las vías pacíficas e institucionales para modificar el estado de cosas con el que no están de acuerdo. Pero pareciera que quienes enarbolan el cambio son tan adalides del statu quo como aquellos a los que presumiblemente combaten.

miriamhd4@yahoo.com