Caminito (desviado) de la escuela

Me pregunto si de tanto ver cada año las fotos del regreso a clases en condiciones precarias que sufren niños del país ya se nos acabó la capacidad de asombrarnos.

Hace algunos años, en una reunión con funcionarios de la Organización de Estados Americanos, uno de ellos me comentaba el asombro que había causado en un foro cuando reveló la cifra que, de acuerdo a estudios que había realizado, se requería para poner a Haití en la ruta del desarrollo.  El dato impactó por considerarse sensiblemente bajo.  Le decían que era imposible que con eso bastara y que la prueba irrefutable de ello era que esa cifra había sido superada con creces en varias ocasiones por la vía de la ayuda internacional y que, sin embargo, Haití seguía sumido en la pobreza.  Me comentó que la cifra no era errónea, que con ello bastaba para generar condiciones mínimas de salubridad y seguridad en el país caribeño, pero que eran tantos los fondos de la cooperación internacional que terminaban en los bolsillos de sus corruptas autoridades, que nunca se había logrado canalizar ni siquiera esa cantidad a los retos reales que había que enfrentar para solucionar de manera estructural los problemas de su población.

Me acordé de este diálogo cuando leí acerca del “Abusómetro” lanzado por la organización Mexicanos Primero.  Ese ejercicio busca evidenciar la cantidad de dinero que, estando etiquetado en el presupuesto público como fondos educativos, va a parar a los salarios, prestaciones y vaya usted a saber qué otras veleidades y caprichos de presuntos maestros que en realidad están comisionados por el Sindicato para atender otras causas, han fallecido o se han retirado, pero se les asigna compensación como si estuvieran en activo.

Los comparativos que hace el presidente de la organización civil, Claudio X. González, son por demás elocuentes: Estamos hablando de 35 mil millones de pesos anuales que servirían para incluir a todos los niños y niñas a partir de tres años en el preescolar, rehabilitar más de 35 mil escuelas o incluir a 6 millones de jóvenes al programa de becas “Jóvenes con oportunidad”.

Me pregunto si de tanto ver cada año las fotos del regreso a clases en condiciones precarias que sufren niños a todo lo largo y ancho del país ya se nos acabó la capacidad de asombrarnos, conmovernos, indignarnos y, sobre todo, movernos a la acción. ¿Por qué permitimos tropelías semejantes? ¿Por qué hemos decidido conformarnos con una educación mediocre? Quizás porque no es la que reciben nuestros hijos; quizás porque todas las voces que tienen alguna capacidad de hacerse escuchar en nuestro país tienen también una cartera que les permite pagar educación privada en la que exigir que los maestros acudan y brinden una educación de excelencia es la norma pues se nos trata como clientes.

Qué corta hay que tener la vista para no darnos cuenta de que el problema que enfrentan la inmensa mayoría de las familias mexicanas es el problema de todos.  No hay más ámbitos educativos que la familia y la escuela, si seguimos descuidando, de la manera que lo estamos haciendo, a este último, muy pronto, si no es ya el caso, el primero será la víctima: todos esos niños que han sido instruidos a medias, formarán familias también competentes a medias, incapaces de educar para el éxito, para la realización, para ser ciudadanos cabales. 

Esperemos que la hipótesis que subyace en el ejercicio de Mexicanos Primero acierte en el blanco.  Ojalá que, al darnos cuenta de en qué cantidades y a qué velocidad el dinero que todos aportamos por la vía de impuestos se dilapida en favor de un grupo indebidamente beneficiado veamos ahora sí con otros ojos esas horrorosas imágenes de nuestros niños (sí, porque son el futuro de todos) sentados en el piso, maleducándose en un primer día de clases, desafortunadamente, idéntico al de cada año.

Politóloga

mhinojosa@udem.edu.mx