El tren y la realidad

La importancia del anuncio sobre la nueva línea del tren ligero está fuera de toda duda. Quizá los reclamos sobre la desatención a trámites y protocolos ante los cabildos sean justificados pero hay coincidencia en que la obra no puede demorar más y menos aún correr el riesgo de que se postergue. Este será, seguramente, el inicio de la última oportunidad para avanzar hacia una solución verdaderamente integral del transporte masivo en la zona metropolitana.

Sin embargo, parece que después de dos décadas se volvió al punto de partida. El trazo de la línea 3 del tren es muy similar al planeado en aquel entonces, cuando el gobierno de Carlos Rivera Aceves no se lanzó a su construcción porque un sector se inconformó debido a que su paso elevado por Ávila Camacho “afeaba” esa arteria y, claro, el temor de que su construcción afectara la estructura de Catedral. Los gobiernos panistas que le sucedieron, tres al hilo, no pudieron o no quisieron hacerse responsables de tal empresa. Por lo menos ahora todos esos puntos parecen estar superados y de algo servirá el avance en la tecnología para que nada interfiera en su realización, aunque se trate de una intervención más “a corazón abierto” en el centro citadino. De manera que habrá que asumir los efectos de una obra que durará quizá más de cuatro años, con todos los inconvenientes y molestias correspondientes. Al final representará capacidad adicional de casi un cuarto de millón de pasajeros al día.

Lo anterior se ve muy bien, sin mencionar que una inversión de casi 16 mil millones de pesos acarreará beneficios adicionales al empleo y a la economía en general y es de esperar que la administración estatal haga licitaciones inclusivas y transparentes. No obstante, sabemos que la anhelada solución integral al transporte no bastará con ello.

Apenas a unas horas de la buena noticia, un hecho vino a despertarnos de lo que ya sentíamos un sueño hecho realidad. Un terrible y trágico accidente nos recordó lo mal que seguimos en cuestión de transporte y que hay cuestiones que no podrán esperar más años, ni siquiera semanas para atenderse.

El enorme peso de una larga historia de vicios, defectos y corrupción en el transporte urbano cayó como lápida, esta vez en un grupo de estudiantes que con un brutal impacto mortal puso en evidencia el retraso, la incuria, el desorden y un sinnúmero de errores que ha padecido casi resignada la población, mientras que al gobierno le ha sido casi imposible acabar con unos cuantos beneficiados de este caos.

Ni la consideración en la nueva tarifa sirvió para tomar medidas inmediatas, drásticas, necesarias, como la de cambiar el sistema de hombre-camión al de ruta-empresa, establecer el prepago, el boleto multimodal y, sobre todo, evitar la actitud de privilegio interesado y corrupto hacia choferes y permisionarios.

Claro que no es de soslayar el beneficio futuro que implica la nueva línea del tren ligero pero las necesidades son tan apremiantes en este sentido que igual se hará indispensable acelerar otros proyectos colaterales, como el conocido como BRT, el mejoramiento de la infraestructura urbana, señalamientos, etc. Pero la situación apremia y los problemas no esperan. También las vialidades importan pero es tiempo de voltear hacia el usuario del transporte urbano, el más vulnerable a todos sus vicios y el que, desde la incomodidad, la deficiencia y la seguridad personal, más sufre sus carencias.

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