El retorno del “error de diciembre”

Hace ya más de dos décadas México vivió una de sus peores crisis. En el tránsito de las administraciones de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, el país entró en una recesión por la devaluación de la moneda en un cien por ciento, caída del PIB del 6.2 por ciento, pérdida total de reservas internacionales, quiebre de bancos, etcétera, situación en la que mutuamente se culparon presidente y expresidente como el “error de diciembre”. El colapso se evitó, en gran medida, por un préstamo del gobierno de Bill Clinton al de Zedillo por 20 mil millones de dólares. Sin embargo, hay especialistas que consideran que las consecuencias de aquello aún no han terminado.

La verdad es que las circunstancias y contextos son, ahora, muy diferentes, pero despierta temor que, precisamente en diciembre, el gobierno de Enrique Peña Nieto, aprovechando un tanto la baja actividad social del fin de año y con sus aliados en el Congreso de la Unión, adoptara medidas como el incremento a los precios de las gasolinas que precisamente desde hoy sufrirá la población. El amanecer de este 2017 no podría ser más sombrío: devaluación imparable, baja de perspectivas de crecimiento económico y de empleo, previsible mayor aumento en tasas de interés –con todos sus efectos en el crédito- y, desde luego, la incertidumbre provocada por las medidas inmediatas que tomará el gobierno de Donald Trump a partir de este 20 de enero, que de por sí ya ha provocado, de menos, retracción en la inversión norteamericana en México.

Sin embargo, todo ciudadano sabe que pocas cosas afectan tanto a su gasto diario como el alza de los carburantes. Lo ha vivido por años y años. Los “ajustes” periódicos, comúnmente llamados “gasolinazos” llegan ahora a un clímax que, a decir de las autoridades hacendarias del país, será hasta “benéfico” para esta y otras generaciones (José Antonio Mead dixit). Hágame usted favor. Lo que por lo pronto sabemos es que no habrá insumo, alimento o producto que se quede al margen de su impacto, al igual que los efectos ya inmediatos en el transporte público, de mercancías y otros.

Hay que aceptar que una acción a tal grado perjudicial y antipopular debió haber sido calculada en su reflejo social. Cualquiera ve que, a la suma de fallas y equivocaciones, el peor “gasolinazo” en muchos años significa prácticamente la despedida del PRI para el 2018 y seguramente para la mayoría, si no es que todos, los resultados de las contiendas que se avecinan en varios estados de la república. Se recordará que aquel aparentemente lejano “error de diciembre” acabó con toda una dinastía priista en Jalisco, de la que medio se repuso sexenios más tarde, y no hay duda de que desde 1994 marcó la debacle tricolor que llevó al primer gran cambio con Vicente Fox, casi seis años antes de que ocurriera.

Peña Nieto pasará, ni se dude, como el mandatario mexicano con peor índice de aceptación. Los economistas habrán de interpretarnos toda esa maraña de explicaciones como la de que la gasolina tenía que subir porque los precios del petróleo subieron y la paridad cambiaria nos perjudicó o que esto se sabía pasaría desde la aprobación de las reformas estructurales. Vaya razón. Entonces ¿por qué no bajaron los precios cuando se desplomó la cotización petrolera y la paridad no estaba tan mal? Así, como si vieran en todos los mexicanos el rostro de la ingenuidad, las autoridades federales han actuado de la peor manera posible ante una medida forzada, quizá, por causas todavía no conocidas y que podrían entrañar problemas más profundos que el gobierno no se atreve a manifestar.

Pero, eso sí, el gobierno federal rescatará para sí casi 300 mil millones de pesos producto del IEPS (Impuesto Especial sobre Producción y Servicios) que es, en el fondo, lo que realmente encarece la gasolina. Su recaudación será ahora mayor mientras que la población pagará más por todas sus consecuencias. ¿Cómo no indignarse ante esta medida? Mientras lo que seguimos viendo es la forma en que la casta política medra hasta lo inconcebible con los recursos públicos: legisladores y partidos saqueadores del erario, sueldazos en toda la estructura pública, incluyendo la electoral, dilapidación de fondos a diestra y siniestra, corrupción galopante y sin freno, latrocinio desmedido y cínico de arcas en no pocos estados, etcétera.

La respuesta social, entonces, debe ser enérgica y no para esperar a “desquitarse” en la siguiente ida a las urnas. Sin embargo, hay que atender al hecho de que una situación como esta no es para alimentar fauces de los populistas políticos, aquellos que aprovechan coyunturas críticas para maniobrar en aras de su propio interés. No hay que permitir que el arribismo o la politiquería contaminen cualquier acción social en pos no solamente de expresar el descontento, sino de obligar a las autoridades a rectificar, a realizar el esfuerzo de impedir más daño a la economía de la gente.

Quisiéramos expresar hoy los parabienes de año nuevo a quienes con su lectura son generosos e indulgentes con estos escritos. Lo hacemos de todo corazón pese a la amargura, el coraje que nos provoca el momento en este reprochable, cínico, estúpido y perverso retorno al “error de diciembre”.

miguel.zarateh@hotmail.com

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