El polvo bajo la alfombra

Algunos piensan todavía que limpiar la casa es echar la basura bajo la alfombra. Así de simple parece la actitud asumida a unos cuantos días tras los lamentables hechos del primero de mayo en Jalisco, tanto de parte del gobierno de la entidad como de distintos líderes y organismos que, es de suponerse, son nada menos que representantes de sectores importantes de la sociedad.

Lo importante, se ve, es seguir sosteniendo una falsa “imagen” de la entidad ya que se temen efectos bastante negativos en lo económico y no digamos en lo político. Sin embargo, la verdad es que el simple ciudadano no aprecia de la misma forma lo sucedido en comparación a las frases incongruentes de las autoridades y algunos del medio privado. A las interrogantes sobre si se trató de actos terroristas (definición académica: “conjunto de actos violentos llevados a cabo por una organización o grupo político frente al poder establecido, para la consecución de sus fines”), el Gobernador de Jalisco ha respondido que no es eso sino sólo “actos vandálicos”, vamos algo así como lo que pueden estar haciendo una pandilla de simples graffiteros. Grave, muy grave es que se siga sin llamar a las cosas por su nombre y esto generalmente se paga caro con la falta de credibilidad de un gobierno.

Solamente el que no quiso no vio la claridad del mensaje de las autoridades federales ante los hechos mencionados. La reunión del Consejo Nacional de Seguridad Pública en Guadalajara a unos días de los ataques y bloqueos, mismo que el Fiscal General del estado  calificó como “una reunión  ordinaria”, vino a cambiar muchas cosas, entre ellas, el mando real de los operativos. Claro, a las instancias estatales no les puede caer nada bien que la Federación tenga intervenida la entidad dada la evidente ineficacia mostrada en los hechos. Es difícil, naturalmente, saber que se está ejerciendo una especie de “medio gobierno”.

Si lo acontecido no fuera terrorismo (cuarenta bloqueos, incendios de vehículos y de negocios, gasolineras, además de los militares muertos en el derribo de un helicóptero, etcétera), habría que abrirle la puerta de la cárcel a los pocos presuntos responsables de los llamados simples actos “vandálicos”. Minimizar la crisis que está viviendo la actual administración, a menos en este fundamental renglón, solamente acrecienta la desconfianza de la población, la sensación de inseguridad y la perspectiva de que el gobierno no ha hecho su tarea y se muestra ineficaz en la lucha contra la delincuencia.

Lo peor es que las voces se acallan y quién sabe con qué artilugios incluso no pocos medios de comunicación prefieren mostrarse “discretos” y hasta seguir el juego de una pacificación artificiosa por no decir mentirosa. En realidad es inevitable comparar la postura que asumen algunos grupos privados jaliscienses con, por ejemplo, los de Nuevo León. En la entidad norteña nadie se queda callado, todos trabajan en equipo, exigen a la autoridad la verdad y las soluciones consecuentes. Aquí, al contrario, el Gobernador se reúne con empresarios en busca de respaldo, de frases de complacencia, como sucedió en la junta realizada apenas el viernes y en la que hubo casi unanimidad en mantener una postura, dicha de otra forma de cuidar la “imagen” de Jalisco ante los hechos. Lo peor es que eso que se pretende, solo está en su cabeza, pues la imagen del estado en el resto del país y del mundo es tal cual, como realmente es.

Inclusive el presidente de la Cámara Nacional de Comercio de Guadalajara se lanzó con la petición de que hay que “cambiar” el nombre al Operativo Jalisco del gobierno federal por el supuesto “daño”, otra vez, a la imagen de seguridad en el estado. Si esto no es echar el polvo debajo de la alfombra, qué lo puede ser. Y así por el estilo se han pronunciado otros que, en épocas anteriores, sí hacían valer su calidad de representantes sectoriales y, respetuosa pero enérgicamente, mostraban posturas dignas y demandantes. ¡Qué tiempos aquellos!

Es obvio que al gobierno estatal –y aquí la relativa tolerancia del gobierno federal-, le preocupa y mucho la situación electoral. A estas alturas, por si había sospechas, la población da por hecha una severa respuesta ciudadana en las urnas. Si bien es muy importante que la seguridad no se tome como bandera en las campañas  políticas, con la única intención de sacar una ventaja  electoral, Tampoco abona lo del Fiscal estatal, que tras su contrito acto de confesión en un santuario, se lanzó con todo contra un candidato y hasta retó a los que piden su renuncia o cuestionan su actuación. A este grado llega ya la arrogancia de la autoridad que, mejor, debería optar por buscar los apoyos necesarios y reforzar el operativo para acabar con el cártel que, ahora sabemos, tiene la capacidad de moverse libremente y actuar impunemente a placer. Ahora, incluso fueron capaces de “vandalizar”, como dice el Gobernador, sin causar una sola baja civil. Así de medido y planeado muestra su poderío.

Cualquiera ve que también se siguen viviendo dos estados, el de la zona metropolitana y el del resto de Jalisco, más vulnerable y casi tierra de nadie donde el hampa organizada ha penetrado y actúa en forma nada diferente a como lo hacían Los Templarios en Michoacán. Mientras, el Ejército, se anuncia, llega con refuerzos a todo el estado, se suman largos convoyes de vehículos artillados, de nuevos escuadrones de la Policía federal, para ir tras los cabecillas del cártel retador. Es de esperar y desear que logre sus metas aunque el “Operativo Jalisco”, que molesta aquí a algunos hasta por el nombre, sea sin duda preámbulo de cambios estructurales en el gobierno estatal y de no pocos altos funcionarios que parecen ya tener los días contados.