El periodismo ayer y hoy

Para las nuevas generaciones no resulta fácil ni comprensible lo que significaba el periodismo de otras épocas. A la muerte de Jacobo Zabludovsky el tema se ha retomado particularmente al advertir una buena suma de reconocimientos a su trayectoria pero también el resurgimiento de críticas quizá severas en torno a las actitudes del periodista y conductor en los tiempos del oficialismo más rancio. La interrogante es si esto fue simplemente cosa de su tiempo o si, en realidad, las cosas siguen siendo igual o parecidas pero con otros nombres.

La situación contrasta, por ejemplo, con personajes contemporáneos a Jacobo, que van desde Carlos Denegri, Roberto Blanco Moheno, Manuel Mejido, Manuel Buendía y Julio Scherer y muchos más que seguro recuerdan mejor nuestros padres, mismos que cubrieron prácticamente el despertar de un periodismo que debía adaptarse a los cambios vertiginosos del país. Zabludovsky, empero, no era considerado entre los ejemplos del ejercicio libre de esa profesión.

Claro que el fallecimiento de un personaje siempre es tomado hasta con oportunismo ya que hoy se sabe que la salida de Jacobo de la empresa que lo albergó durante varias décadas y de la que llevó tatuado su logotipo hasta el fin de sus días, de pronto pasó por alto aquella salida no tan cordial que no fue sino un efecto de la transición a la muerte de Emilio Azcárraga Milmo. Otra vez, naturalmente, los cambios se dieron en el contexto generacional y así hay que entenderlos.

También se ha recordado, entre las cuestiones no tan positivas de Jacobo -como le llamaba la mayoría, ya que su apellido nunca fue fácil de pronunciar-, aquel momento infausto del país con la matanza de Tlatelolco y la lamentable respuesta informativa que, sin duda, no revelaba el punto de vista personal del conductor de 24 Horas sino la política absurdamente unilateral de una empresa que se había entregado plenamente al régimen presidencial de Gustavo Díaz Ordaz. Y no era un secreto ni postura discreta. Sencillamente El Tigre  Azcárraga  hacía valer su posición de cabal respaldo al gobierno y al PRI, hasta la ignominia, como dijeran algunos. Entonces, el conductor no era sino la cara, la voz, la personificación de una política empresarial que decidió seguir por ese camino.

De manera que Zabludovsky más bien ha de ser ubicado y analizado en el contexto de un periodismo que por lógica ha tenido sensibles modificaciones en todo este tiempo. Por otra parte, cada medio, que no es sino a fin de cuentas una empresa como tal, determina por sí mismo su destino. La verdad es que las políticas cargadas de fuerte oficialismo siguen constituyendo un factor bastante poderoso e importante de influencia social. Ya no se trata de defender al Presidente a la manera que Jacobo lo hizo dentro de una crisis, la del movimiento de 1968, que para muchos de nosotros solamente está en el recuerdo de un capítulo trágico de la historia del país, pero ahora no deja de haber un periodismo en el que siguen prevaleciendo los mismos intereses y que, por conveniencia económica o de otro tipo, busca empatar sus criterios con la promoción y salvaguarda de los del gobierno.

Aunque Jacobo puede considerarse un ejemplo en cuanto a mantener su vigencia prácticamente hasta días antes de su muerte, lo cual no fue fácil después de tantos años que era visita obligada al televisor todas las noches y de casi toda la población, lo cierto es que igual, como todo, su imagen se irá desvaneciendo y será recordado por algunos como un periodista único, o quizá como un conductor que tuvo el tino de  aprovechar su época y su empresa o, para otros, como una figura bastante contrastante con el periodismo moderno mexicano al que no le fue nada fácil abrirse paso por los poderes hegemónicos que siempre le han obstruido.

Quizá el principal mensaje vaya por el rumbo de la función y responsabilidad que los medios y los comunicadores en general, deben asumir. En el periodista siempre existirá el estira y afloja de la relación entre las empresas y el gobierno, la coexistencia con una gama de intereses que, de alguna manera, también van moldeando un periodismo cuya exigencia primordial es, se dice fácil, irse renovando al día con día. Lo fundamental, es que dentro de todo no se pierda de vista que la tarea del periodista es la de actuar como el vaso comunicante de la sociedad. La comunicación, en realidad, debe ser entendida en ambos sentidos, no en uno solo como quizá prevalecía anteriormente, en la época más relevante de Zabludovsky, por ejemplo.

Sin embargo, hay que dar a cada cosa su lugar y a cada persona sus merecimientos. Jacobo los tuvo a pesar de las controversias que siempre suscitó. Hubo tiempos, efectivamente, en que su palabra era todo un parámetro a seguir. La frase que se comentaba en las mañanas de que “salió con Jacobo”, era punto menos que la aseveración de una verdad absoluta. Cierto que el medio pesaba demasiado de por sí pero, indudablemente, el estilo propio del comunicador, sus innegables cultura y talento, como es el caso de Zabludovsky, hicieron el resto. Los tiempos han cambiado y seguirán haciéndolo pero esta es una muestra de que el periodismo sigue siendo el principal impulsor de los cambios y de la evolución de la sociedad hacia otras metas.

 

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