El mercado y su entorno

El tema del mercado Corona y la controversia suscitada sobre su arquitectura y el entorno, necesariamente llevan a retomar la preocupación sobre la identidad del centro histórico de la capital jalisciense. Esta cuestión ha terminado por polarizarse prácticamente en extremos, entre los que pudieran considerarse un tanto “puristas” y otros que parecen más conscientes de las transformaciones naturales de la urbe.

Desde luego que es deseable se conserven las fincas con verdadero valor pero aquí el proceso ha sido francamente depredador. Quizá suman cientos las construcciones con tales características que de la noche a la mañana terminan como un cúmulo de escombros y, lo peor, incluso en baldíos o estacionamientos improvisados. Para sus dueños es evidente que el único valor que les dieron fue el pecuniario y solamente pretenden sumar predios en los clásicos negocios inmobiliarios de engorda o de sustitución por edificios sin ninguna homogeneidad ni mucho menos buen gusto.

Esto ha pasado durante muchas décadas y difícilmente encontramos voces que den la alerta ya que ni siquiera las autoridades responsables, sean del INAH, la procuraduría o de los niveles federal o municipal que, al menos en el papel, deberían haber sido más celosas de cuidar el patrimonio urbano que es común. De ahí que sorprende que sean ahora algunos los que al ver un proyecto de obra un tanto diferente, en el que prevalecen no solo la estética sino la funcionalidad, se rasguen las vestiduras y consideren se trata de una especie de atentado a nuestra identidad.

Por principio de cuentas hay que empezar por advertir que la arquitectura en sí tiene entre sus premisas la de dejar el testimonio de una época. De esta forma se crean los estilos que se tornan en paisaje urbano. Guadalajara tiene muchos ejemplos de este espíritu de armonía que, al menos en lo que se ha logrado salvar o conservar, son clásicos en buen número de colonias. Por lo que toca al centro de la ciudad, la verdad es que, excepto los inmuebles y espacios icónicos, no ha existido un orden determinado ni mantenido características uniformes. El mismo mercado Corona destruido por el incendio, no estaba precisamente al paralelo de las consideradas fincas históricas.

Cuando se llega a hablar que el nuevo proyecto va en contra del “entorno”, nos preguntamos si realmente se trataba de una zona merecedora a calificarse con cierto valor. Se tendrá presente que el área del Corona era hasta los sesentas el centro de abastos de la ciudad. Finalmente la construcción de las bodegas y del mercado respectivo en las proximidades de Mariano Otero, desconcentró el fuerte movimiento y tránsito pesado que se generaban alrededor del Corona.

Sin embargo, no todo se fue de ahí. Varias cuadras a la redonda siguen operando comercios de toda índole de una manera bastante lejana a la organización y cuidado del ambiente. Entonces ¿de cuál entorno están hablando los que califican al nuevo proyecto de atentatorio contra el mismo? Entonces, más bien lo que falta es que las autoridades se pongan a realizar un auténtico inventario de las fincas con valor real y se dispongan a exigir su conservación y mantenimiento.

Por otra parte, está claro que el centro histórico jamás va a tener un verdadero despegue, ni se lograrán los propósitos de “re-densificarlo” o convertirlo en el eje de las actividades sociales y económicas que fueran de desear, si no se implementa una infraestructura adecuada, se realizan adaptaciones congruentes para habitabilidad y vivienda y se regulan todos los servicios y comercios de la zona. Y es aquí donde debería haber mayor interés en advertir lo que el nuevo Corona puede aportar a esa causa. Repetimos: estamos en el siglo XXI. Dejemos que la arquitectura siga su curso ya que también a la presente generación le toca ir construyendo el legado y patrimonio de este tiempo a la identidad de la capital jalisciense.

 

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