El imperio de la impunidad

Luego de tanto teatro, finalmente las autoridades estatales y municipales de la zona de Guadalajara pusieron fin a su improvisado drama para llegar a conclusiones casi salomónicas -es decir, dándose el uno al otro por su lado-, de manera que por ahora las aguas vuelven al cauce normal en la mil veces proclamada batalla contra el hampa. Ahora, claro, falta que se reúnan todos los factores necesarios a fin de que la denominada Agencia de Seguridad Metropolitana realmente funcione y, naturalmente, que se coordine con la Fuerza Única que, dicen, operará bajo un solo mando.

En fin, habrá que dar un voto de confianza, otro más, -¿cuántos van?- a la nueva estrategia aunque por lo pronto hay que celebrar que los líderes del estado, así, en plural, se hayan puesto de acuerdo.

En la vida real, la cotidiana, la que nos preocupa más allá de posturas, encuentros o desavenencias de tipo político, Guadalajara y su zona atraviesan por una evidente crisis en este aspecto. Casi simultáneamente a la firma de los acuerdos, la delincuencia se hacía presente con una demostración pública de su propia fuerza, un acto de barbarie, con la ejecución de un plan siniestro de amputación masiva, muy similar a los realizados en algunos países de islamismo radical o, lo que es lo mismo, la “Ley del Talión” del célebre código babilonio. Y no es que de repente hayan surgido en nuestro medio los “vengadores anónimos”, justicieros que vienen a poner el orden en una sociedad flagelada por el hampa.

Sin embargo, tan cansada está la población de tantos desmanes, donde todos hemos sido víctimas de estos que, entonces, la aplicación de un castigo tan terrible como cortar las manos a los supuestos ladrones, vino a ser casi un motivo de satisfacción, un respiro, algo así como la llegada de los personajes que aparecen en las series y películas para castigar severamente a los malos. Y se olvida, claro, que los ejecutores vienen precisamente del mismo origen, el del delito. Esto no quitó el extraño gusto de muchos por lo sucedido. Hasta hubo quienes decían “¡qué bueno!”, como si de pronto hubiera surgido en cada persona el deseo de que la justicia venga de donde sea y como sea. A fin de cuentas, la desesperación es ya mayúscula porque mientras las policías terminen de organizarse, las calles de la ciudad, los sitios públicos como restaurantes y tantos otros lugares, siguen igual de inseguros, ya no se diga los bancos o sus alrededores en que los conejeros en vez de acabarse se multiplican como eso, como conejos, ni qué decir del corredor López Mateos, se ha convertido en un riesgo de vida tan solo parar realizar una compra o cargar gasolina. Y vaya que sí están decididos a todo, Atiéndase, por ejemplo, al caso del elemento de seguridad de conocido político que, a pesar de contar con el apoyo de su arma, perdió la vida. La fragilidad en la que se realizan tan comunes prácticas de la vida diaria, es sencillamente tremenda.

Pero, además de todo lo que acontece y que, muy lejos de la rara realidad en que viven en los palacios gubernamentales de la metrópoli, la sanción a quien delinque es otra más de las afrentas que afectan a la población. También sucede que, cosa que no es tan común, logran aprehenderse malhechores, de pronto aparecen toda clase de defensas legales. Vamos, hasta los comisionados de “derechos humanos” intensifican sus acciones en pro de los delincuentes. Y no es que esté mal que efectivamente se impida que las autoridades se “pasen de la raya” tras la captura de maleantes pero, con eso de que los nuevos ordenamientos penales toman muy en serio la cuestión de “presunción de inocencia”, no faltan quienes buscan la forma de ayudar a que los delincuentes siempre se salgan con la suya.

De ahí que no por seguramente común deja de ser indignante que la máxima autoridad del Poder Judicial del Estado haya hasta intervenido para finalmente se liberara a unos sujetos que no llenaron ciertamente el perfil de delincuentes pero sí de infractores de la ley. La respuesta del presidente del Tribunal Superior de Justicia del Estado nos dejó a todos verdaderamente anonadados. Se trata de un caso de los “cientos” o quizá “miles” que acontecen en la actuación “normal” de los que tienen que recibir toda clase de peticiones. Así que, sin más, el asunto tiende a minimizarse para dar tiempo a que el señor Presidente del Tribunal deje al menos esa responsabilidad para volver a su cargo de magistrado y seguir, por muchos años, seguir devengando su cuantioso sueldo. De ahí en lo que sigue, habrá que imaginar si esto pasa en el “Palacio de Justicia”, ¿qué no pasará en tantos juzgados de todo tipo y que nadie nos enteramos? 

La cuestión de la seguridad no es nada sencilla. De ahí que, insistimos, falta que las estrategias e incluso la integración de estructuras para combatir el crimen, sean también sujetas a la revisión y a la aportación de ideas y sugerencias ciudadanas. Para esto y muchos otros motivos se crearon ya los órganos metropolitanos correspondientes. Ya lo que la población no quiere es que se siga hablando del “imperio de la ley” cuando lo que vive todos los días es el imperio de la impunidad, del delito y del hambre de verdadera justicia.

miguel.zarateh@hotmail.com

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