El imperio de la impunidad

Nada anticipa un fin de año tranquilo. El país, volcado ya en actitudes de desesperación e indignación ante la incertidumbre los hechos de Iguala, se manifiesta, legítimamente, no solo por la ya inexplicable falta de eficacia y resultados contundentes en las investigaciones de los estudiantes desaparecidos  -casi dos meses y nada- sino porque a fin de cuentas todo conduce al camino de la impunidad.

Es un hecho que este grave fenómeno que actúa como lastre nacional, considerado casi como una carta de identidad del país junto a la corrupción, sigue imperando en todos los órdenes. Y bien, la cuestión se deriva hacia el gobierno federal como principal foco de atención, con todo y que la responsabilidad directa fue de las autoridades locales y quizá estatales de Guerrero. Sin embargo, el gobierno de la República se convierte en blanco de las inconformidades no sin razón. Parece mucho tiempo para que pese a miles de elementos empleados para la averiguación, recursos ilimitados, docenas de detenidos, etcétera, se haya demorado tanto una conclusión. Otra vez duele más el temor a la impunidad.

Pero si de esto se trata, la verdad es que la situación se ha desbordado hacia otros frentes. Los partidos políticos y en especial los perredistas, no solo se desgarran y se inculpan sino que, como no queriendo, cada quien aprovecha para salvarse quien pueda y, entre otros, se usufructúa el malestar para pedir cabezas a partir de la más alta investidura del país. No se necesita pensar mucho para entender que su principal interés está cifrado en la recomposición de fuerzas que sin duda se dará hacia la próxima elección. Pocos, en verdad, advierten que la impunidad no es su inquietud fundamental sino salir lo mejor librados.

No obstante, momento sin duda más inoportuno no podía darse para que se pongan al descubierto otras cuestiones como la de la ya célebre “Casa Blanca” de la familia presidencial. Inoportuno para esta familia ya que, al margen de todas las explicaciones que se quiera –incluyendo las muy mal manejadas y peor asesoradas de la primera dama-, resta credibilidad y confianza en una etapa aun relativamente temprana de la administración presente. Pero si hubo culpas o no en ello, solamente tendrán que esperarse unas semanas o menos para que se intente olvidar el tema ya que la falta de memoria, se sabe bien, es uno más de los aliados de la impunidad.

Ahora que cuando se presentan las imágenes y videos de otra clase de “manifestantes”, o sea los que violentan y se lanzan criminalmente contra las corporaciones de seguridad, a los edificios públicos (lo de Palacio Nacional es simplemente aberrante), o sobre bienes y personas con agresiones de todo tipo, sin defender policías, aunque a veces dan ganas de hacerlo ya que se ven hasta inermes por las órdenes superiores de no parecer “represores”, lo cierto es que invariablemente quedan de inmediato libres los culpables. Si esto no es impunidad no sé qué lo sea. ¿Ayuda en algo todo ello a las causas, a las verdaderas y legítimas causas, como la de los familiares de los desaparecidos de Ayotzinapa? Aquí me surge otra duda: ¿Por qué las televisoras se enfocan más a exhibir estos manifestantes  violentos que a las muchas más marchas donde se participa legítimamente, de manera civilizada y pacífica? Y así podría continuar una lista interminable de hechos de este tipo, secuestro de vehículos, bloqueo de avenidas y carreteras, cierre –y cobro delictivo- en casetas, bloqueos en terminales aéreas y centrales camioneras, destrucción e incendio de edificios públicos, partidistas, empresariales, saqueos, vandalismo y muchas cosas más que no son tan recientes opuesto que de ello dieron prueba los supuestos maestros de la “Coordinadora” que casi acaban con la capital del país sin que la autoridad asomara a contenerlos. Impunidad total en todo ello.

Las voces angustiosas no se han hecho esperar, principalmente de empresarios afectados que ya toman sus medidas y, más pronto de lo que se imagina, irán en busca de acomodar sus negocios y capitales a otras partes. Todo un esquema de desarrollo económico y social podría derrumbarse ante tanta inseguridad, violencia, incertidumbre, indolencia e ineficacia de autoridades que prefieren dejar correr el agua, o la sangre, dejando impune tanto desmán y atropello a los derechos de todos.

Y en Jalisco se dan también muestras de ello. ¿Dónde quedaron los responsables de la no menos violenta reacción de comerciantes piratas de San Juan de Dios? Lógico, en la impunidad. Pero si de esto hay que hablar en otros campos, ni qué decir de la impunidad con la que se roba al erario, de cómo se entregan docenas de millones de pesos del contribuyente a una mafia solapada de saqueadores, gestada y nacida en una Legislatura estatal anterior que, como todo lo demás –Panamericanos, Auditoría General, CAPECE, etcétera-, sin duda quedará también impune.

Y la sociedad misma de alguna forma contribuye a alentar la impunidad, incluso a participar en ella, desde cuestiones triviales que buscan a través del cohecho evitar ser sancionado –o sea, quedar impune- por una infracción de tránsito, hasta cuestiones fiscales y administrativas de toda índole, para no hablar de la enorme cantidad de auténticos delitos que suman expedientes en los juzgados pero no culpables en las cárceles. Nadie parece, entonces, librarse de caer en el terrible mal.

De esta manera, ¿cómo creer cuando se habla de poner fin a la violencia desatada e impune, o a la delincuencia efectivamente organizada mucho mejor que la misma autoridad? Un país democrático, como pretende serlo el nuestro, debe seguir el apotegma, el principio de que nada puede lograrse sin el imperio de la ley y nada más contradictorio para ello que mantener, como hasta ahora, una nación que vive, o sobrevive, bajo el imperio de la impunidad y del delito.

 

miguel.zarateh@hotmail.com 

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