La guerra de las nóminas

Aunque no siempre ha sido igual, tal parece que la sana administración de nóminas no es precisamente el fuerte de nuestros políticos. Sin embargo, en el caso de la Zona Metropolitana de Guadalajara la cuestión se torna patética ya que los ayuntamientos también se cuentan junto a los que aplican el mayor porcentaje de gasto en empleados, hasta más de la mitad de sus respectivos presupuestos.

¿Qué no es nuevo? No tanto, ciertamente. Las administraciones panistas también contribuyeron a la escalada en el número de sus trabajadores y no sólo eso sino que fueron incrementando sus percepciones ya que los salarios “dignos” deberían bajar índices de ineficiencia y de corrupción.

A la vista ciudadana esto no ha sucedido y por ejemplo en Guadalajara, Zapopan y Tonalá, las gestiones priístas que siguieron, a pesar de las promesas de campaña que aseguraban se abatiría el atroz gasto en este renglón, sencillamente nunca lo han hecho aunque en el discurso mantienen tal política de adelgazamiento. MILENIO JALISCO lo ha documentado con cifras que hablan poco bien de la forma en que se ejerce el gasto.

Lo mismo sucede en estos niveles de la administración pública de Jalisco, sus municipios y ni se diga del escalofriante fenómeno de dispendio en el Congreso del Estado, que ahora parece empezar a atenuarse con despidos, mientras que se mantiene intacta la estructura de aviadores y favorecidos de las diferentes fracciones parlamentarias.

Con todo y el natural crecimiento en la demanda de servicios, resulta increíble el aumento registrado en las nóminas, y no se trata solamente de la inclusión de privilegiados supuestos asesores, asistentes y demás verdaderos vividores del erario sino también de la nómina ordinaria en donde se encuentra la única coincidencia de todos los partidos políticos como participantes en un descarado aquelarre presupuestal, donde todos buscan incorporar parientes, amigos y simples favorecidos. Así que la cuestión es mantener una estructura capaz de dar cabida a los intereses de los partidos y de sus funcionarios, para sus propios fines.

Unos a otros suelen repartir culpas de todo ello pero lo cierto es que ninguno está dispuesto a ceder sus espacios, sus puestos y sus privilegios en cuanta nómina sea posible. Al cambio de colores en las esferas de gobierno se mueven las piezas y entonces el tema se torna dramático para los perdedores que no encuentran la forma de rescatar lo más posible del presupuesto público para sostener sus cuadros dentro de la burocracia. Y de ello NO hay partido político que pueda ufanarse de una actitud honesta y congruente.

Por si fuera poco, los despidos grupales que se presumen terminarán por causar más daño ya que todavía no se percibe el mayor impacto de las numerosas demandas interpuestas –laborales y administrativas–. Se espera una avalancha que podría ocasionar un gasto ni siquiera imaginado, menos razonablemente previsto, por compensaciones y otros gastos derivados de los despidos que terminen por considerarse injustificados.

De esta manera, la guerra de las nóminas continuará indefinidamente mientras que los partidos sigan demostrando que su apego convenenciero al reparto político del presupuesto es más importante, que sanear el gasto y dar a la población, con auténticos, eficientes empleados, la calidad de servicios y satisfactores que le corresponden.

miguel.zarateh@hotmail.com o Twitter: @MiguelZarate_12