El destino de la Villa

La discusión sobre el destino de la Villa Panamericana parece no tener fin. Lo grave es que las posturas asumidas se radicalizan y esto aleja una solución viable y, sobre todo, necesaria ante el hecho de que no es posible llegar a lo que se ve menos racional: demoler una obra que costó tantos millones a los jaliscienses y que, de alguna manera, podría tener un futuro de servicio pero hay que encontrarlo.

Lo fácil es adoptar una posición condescendiente no con los técnicos ambientalistas sino con los que hacen de profetas para cuestionar todo. De suyo, hay que recordar que fueron presiones de este tipo las que llevaron a impedir la construcción de la Villa en la zona del parque Morelos y también en los linderos de la Barranca. Las consecuencias llegaron hasta el relevo de un Alcalde y, a fin de cuentas, el tiempo apremió al gobierno de Emilio González, por no decir que fue puesto contra la pared ante la disyuntiva de perder los Juegos.

Así que la decisión resultante fue, en efecto, acelerada y seguramente equivocada ya que en los predios de El Bajío tal edificación iba en contra de los planes urbanos. Sin embargo, de ello al escándalo hay mucha distancia. ¿Por qué no se cuestiona de igual forma el desordenado crecimiento por todos los costados de La Primavera? Vemos con naturalidad esa gigantesca expansión urbana, desde San Isidro, la salida a Colotlán, pasando por las laderas de El Colli, Pinar de la Venta, Diana, El Palomar –Con todo y cielo incluido–, Bugambilias y tantos más, sin que el tema llegue siquiera al interés público. La Primavera, además, sufre y desde hace tiempo una silenciosa depredación por una urbanización interna que la carcome.

Lo que pasa, para variar, es que los asuntos se siguen por la vía política, surge la lucha de intereses y hay espacio sobrado para que cada quien busque su propio protagonismo. Zapopan, por ejemplo, niega toda acción en una evidente evasión de un problema que no considera propio. Dar viabilidad a la Villa o cancelar la misma, implica de alguna manera desgastes y controversias que mejor se eluden. Para los políticos, en efecto, todo lo que pueda impactar en los siguientes comicios regula su vida y sus decisiones. Prohibir es otra salida frecuente y a veces nada consciente.

Pero ahí está el clavo ardiente. Los empresarios que llevaron a cabo la Villa, sin olvidar que lo hicieron como negocio, también corrieron riesgos y los han afrontado todo este tiempo. Y hay que considerar que no sólo ellos pierden sino el erario que la sufragó y ahora no sabe qué hacer. Imposible considerar a estas alturas la demolición.

Y ya que es de esperar que en adelante la planeación metropolitana sí funcione y se obedezca –con el nuevo instituto que se creó–, una prueba de inteligencia será darle una función a la famosa Villa. ¿Cómo? Lo primero será reducir al mínimo o eliminar su daño ecológico, tratar sus aguas y aplicar la moderna tecnología que sí existe para estos efectos.

Lo demás será esperar que tal inmueble, si no es vivienda convencional, lo cual tampoco parece recomendable, sí en cambio sirva a alguna causa y propósito útil. La sugerencia de constituir ahí un centro de investigación y servicio asistencial, a la tercera edad por ejemplo, es quizá de lo más sensato.

Seguir evadiendo el tema no lleva a ninguna parte. En cambio, encontrar una solución razonable, dentro de lo posible, no dará votos y quizá tampoco muchos aplausos pero sí un uso benéfico y provechoso a los recursos que ya invirtieron los jaliscienses.

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