Mercados: históricas “bombas de tiempo”

La historia de los mercados populares de Guadalajara, como en otras ciudades del país y quizá del mundo, es de abandono y de tragedias. Pese al desarrollo y la red de centros de comercio tecnológicamente más avanzados desde que nacieron los “súper”, lejos de desaparecer, nuestros mercados públicos han sufrido ciertamente de transformaciones y hasta cambiado un poco su vocación y funciones, pero siguen vivos y presentes en las preferencias de mucha gente. Entonces, ¿qué ha pasado? ¿Por qué tanto olvido y deterioro?

La verdad es que los más de noventa mercados de la capital jalisciense durante décadas no han tenido la suerte de recibir la atención debida salvo en casos extremos. Y eso que algunos de ellos se convirtieron en verdaderos baluartes de progreso en sus respectivas épocas. Estos son los casos de la primera construcción del “Corona”, levantado precisamente por el gobernador Ramón Corona a fines del siglo XIX, o el llamado “Cuarto Centenario”, construido para conmemorar ese aniversario de la ciudad (1942) y desde luego el “Libertad”, conocido mejor como “San Juan de Dios” y que fue inaugurado en 1958 por su promotor, el entonces gobernador Agustín Yáñez, quien entregó a la ciudad el seguramente más avanzado, sofisticado arquitectónicamente y moderno mercado de Latinoamérica de su época, además del más grande con sus aproximadamente 40 mil metros cuadrados.

Pero basta con realizar el recorrido que a diario efectúan miles de amas de casa por los mercados para advertir sus enormes carencias y problemas. Por la naturaleza de sus contenidos y manejos, así como muy posiblemente pésimas administraciones, sin perder de vista controles no oficiales sobre puestos y concesiones, nunca han sido objeto los mercados de la atención debida en cuanto a su infraestructura, mantenimiento, etcétera. Más bien han sido vistos como una “plaga” necesaria por muchas administraciones que una a una simplemente les dan servicios elementales y, a veces, ni ellos.

Sin embargo, de vez en vez son los propios mercados los que atraen la atención por sufrir daños, incendios, derrumbes y en ocasiones hasta destrucción irreversible. La acumulación de cableados irregulares de los que sin medida alguna penden la iluminación y enseres eléctricos, son solamente uno de los factores de riesgo que, casi inevitablemente, terminan en varias de las tragedias sufridas. Y esto nos lleva a pensar que realmente no hay recursos suficientes para atenderlos o que los sucesivos gobiernos municipales no están dispuestos a invertir en ellos, salvo cuando sirven a propósitos de lucimiento o de auténtica obligatoriedad de renovación, como sucedió recientemente en el Corona.

Ya en nuestro siglo y hasta en nuestra actual década, ha habido necesidad de desalojar el mercado “Juan Alvarez” (2012), los daños advertidos en el “Agustín de la Rosa” (2013), el colapso del techo en el “Pedro Ogazón” (2013), la clausura del “Francisco Villa” y, por supuesto, el incendio devastador del “Corona” en 2014, o el incendio en días pasados del “Alcalde”.

También, claro, son los mismos locatarios quienes han ocasionado problemas, como el abandono de sus puestos (casi uno de cada tres locales, actualmente), los costos de concesión y “otros” gastos y, quizá lo más grave, el paulatino alejamiento de la misma clientela que no encuentra ya la funcionalidad de antes y, por lógica, se inclina por realizar compras en los “tianguis” y en el comercio moderno que se ha diversificado ya hasta en pequeños establecimientos “ad hoc” en barrios y colonias. Así que, bajo tales condiciones, el futuro de los mercados municipales se manifiesta cada vez más incierto.

Por mencionar lo reciente, las pasadas siete Administraciones los presidentes han manifestado en sus informes cada año inversiones en la mejora de los inmuebles que alojan a los mercados, sumadas rondan los 180 millones de pesos,  si tomamos como buena esta información y que esta se haya aplicado como se debe, al compararla con el promedio anual de recaudación entre los años 2011 y 2015 que representan los mercados para Guadalajara que es de por lo menos 50 millones de pesos, vemos que la recaudación obtenida apenas cubre los gastos burocráticos que rondan el 82 por ciento de la administración utilizada para los mercados, es solo  el 17 por ciento restante el aplicado a inversión, lo que incluso resulta poco atractivo desde el punto de vista político para el gobierno en turno.

Dentro de las nuevas tendencias a repoblar las ciudades y combatir la dispersión urbana, los mercados populares o de barrio  deben  jugar un papel protagónico en esas aspiraciones, pues tienen todo para convertirse en el germen que detone la reincorporación de miles de familias a los barrios tradicionales tapatíos, lugares de encuentro social y económico que generan arraigo, identidad y pertenencia por lo que somos, nuestras raíces y tradiciones.

Lo que falta, naturalmente, es retomar la importancia de los mercados populares, pero adecuando una serie de medidas a su operación y funcionamiento. Desde los mismos concesionarios han de partir tales acciones de manera que exista una visión tipo empresarial para consolidar su papel de agentes económicos y mejorar, por tanto, la rentabilidad de su negocio. Y por parte del Ayuntamiento, asumir el rol de control y liderazgo que le corresponde pero a través de una gestión dinámica, promotora, para llegar a convertir a los mercados en área de comercio autónomas y productivas.

Parecerían los anteriores conceptos un tanto llevados al papel en forma idealista pero la verdad es que ya se han venido implementando en otras partes del país y del orbe. Por ahora, claro, habrá que ir a contracorriente ante las necesidades y los graves problemas que han derivado del olvido. Mucho habrá qué hacer, desde luego, para que nuestros mercados ya no sigan sufriendo consecuencias por ser las históricas “bombas de tiempo” que pocos se atreven a resolver.

miguel.zarateh@hotmail.com

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