Magnas obras deportivas y sociedad

Años, muchos años de trabajo y esfuerzo, además del compromiso, representa para un país  la organización de las grandes justas deportivas, como el Mundial de Futbol, Olimpiadas o Panamericanos, por ejemplo. El compromiso es gigantesco y especialmente costoso, dado que representan fuertes inversiones en la infraestructura requerida, en ocasiones tan grandes que escapan a toda proporción con las posibilidades económicas reales. De ahí la violenta reacción de un sector de la población brasileña que argumenta, no sin razón, el caudal de dinero gastado en estadios ante las grandes necesidades sociales, si bien hay también que recordar que esa nación vive este mismo año una etapa preelectoral, razón obvia para perturbar al gobierno de Dilma Rousseff.

Lo cierto es que estos grandes encuentros se buscan, en principio, no solo como orgullo patrio o en pos de un escaparate internacional de orden turístico, sino como una oportunidad para favorecer a la sociedad y a la economía. La verdad es que, pasado todo, suele acontecer lo contrario. Apenas lo vivimos aquí hace poco tiempo aunque a escala de unos Panamericanos que naturalmente distan de los abrumadores requerimientos de un certamen mundial. Parece que los latinoamericanos no estamos preparados mentalmente para una organización sensata, razonable y congruente, de manera que los beneficios anhelados perduren y dejen una cauda positiva, en vez de solamente deudas y problemas.

En Brasil se construyó o reconstruyó toda la infraestructura de estadios para el Mundial a un costo descomunal, incluso aumentado por el afán de ofrecer más sedes que las exigidas tal vez para cubrir más de ese enorme país, incluyendo ciudades como Brasilia que no cuentan siquiera con equipo de primera división. Y, luego ¿qué destino espera a toda esa costosísima estructura? Bueno, es de creer que al menos los brasileños estarán pensando en el siguiente trabuco que se impusieron, nada menos que los próximos Juegos Olímpicos.

Sin embargo, en el caso de los Panamericanos de Guadalajara, los resultados reales han sido magros. Quizá también habría más que motivos para quejarse ya que en nuestra escala el gasto fue desmedido y, lo peor, mal planeado y hasta dilapidado, cuando no sujeto a muy probables corruptelas. En otras palabras, nuestros Panamericanos, en lugar de beneficiar a la sociedad jalisciense, terminaron sin duda por ser botín para unos pocos.

Además, lo más grave es que la infraestructura que dejaron aquí los Panamericanos es difícilmente aprovechable al cien por ciento. Dos ejemplos: dejar un gran estadio de beisbol en Lagos, construido ahí –con todo respeto para los laguenses–, básicamente por capricho del gobernador y sin perspectiva para que sea aprovechado cabalmente. Mientras, ahora que Guadalajara tendrá beisbol profesional, tendrá que alojarse en un estadio de atletismo. Así las cosas. Y el otro ejemplo es naturalmente el de la Villa Panamericana, que costó primero y mucho en donde finalmente ni se construyó y, luego, con los inconvenientes de uso que todos sabemos.

Resulta maravilloso que un país sea sede de una gran competencia internacional. Hay que recordar que México también organizó con espacio de solo dos años unos Olímpicos y un Mundial y aunque también fueron muy onerosos, ya contaba con gran parte de la infraestructura (estadios de CU, Azteca, Jalisco, etc.). Esto no es malo ya que en otras partes, como en Londres recientemente, se aprovechó la ocasión para regenerar zonas deprimidas, igual que pasó en Sudáfrica o en Atenas.

Este es el punto: el gigantesco negocio que representan las grandes competencias deportivas debe llegar a las mayorías y no quedarse, como en Guadalajara y quizá en Brasil, en unas cuantas manos.

 

miguel.zarateh@hotmail.com

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