Juan Palomar, el buen ejemplo

Desde luego que la apertura de la avenida Juan Palomar fue noticia grata aunque, como era de esperar, a los pocos días surgieron otros problemas de conflicto vial que no son sino muestra de la gravedad del problema general que padecemos y la necesidad de emprender acciones globales para no dejar la ciudad con soluciones a medias. Sin embargo, nadie duda de que una arteria de este tipo contribuye ya a aliviar los taponamientos frecuentes en Patria, Acueducto y otras más.

Hay que reconocer que hubo buena disposición de las partes que, por cierto, aún mantienen sus diferencias por las que no cedían para posibilitar tal apertura de una obra concluida desde hace tiempo. Mejor todavía que las autoridades estatales y municipales facilitaron un entendimiento al menos en lo que respecta a abrir dicha calle a la circulación. Nada mal pues para lo aberrante que significaba una inversión cuantiosa prácticamente desaprovechada por un largo tiempo.

Pero el caso de Juan Palomar no es único. De una u otra forma la zona metropolitana presenta numerosos estrangulamientos, calles que terminan abruptamente ante muros de cotos y fraccionamientos o de algunos edificios que, sencillamente, se han adueñado de la vía pública sin que exista otro motivo que no sean los intereses particulares.

Desarrolladores han sido los responsables de tales bloqueos inexplicables. Está claro que en busca de ofrecer predios de atractiva privacidad y supuesta seguridad, cierran las calles y hasta avenidas que literalmente topan con pared para discontinuar su ruta. Para ello, naturalmente, debieron contar con el beneplácito de alguna autoridad que en su momento dio acceso a esta verdadera privatización de las vías públicas, cuestión que es particularmente frecuente en el poniente de la ciudad y de manera destacada específicamente en Zapopan.

Las demandas en este sentido se hacen cada vez más intensas, como es en la evidente situación en Valle Real y otros fraccionamientos que echaron mano hasta de las áreas de donación para dar uso interior —cuando debía ser general—, como en parques, calles y otros servicios que por tal motivo quedan dentro del perímetro acotado, sin posibilidad de acceso al ciudadano común.

Habrá que ver cuál será el gobierno que tenga la decisión suficiente para afrontar esta clase de problemas. No será fácil puesto que estos abusos de parte de fraccionadores y hasta de algunas instituciones educativas, para cerrar calles a la utilización pública, cuenta muchas veces con avales oficiales, permisos extraordinarios otorgados en el pasado sin duda mediante arreglos irregulares, intrínsecamente ilegales y a
no negarlo, simplemente corruptos.

Es tiempo que la autoridad presente manifieste ese interés por abrir todos los espacios y las vías que corresponden por ley a todos. En el caso de Juan Palomar hubo negociación pero, la verdad, debió llegarse más oportunamente a la energía por el camino del interés público. Es hora que se corrijan muchos otros aberrantes cierres en todas partes. La movilidad urbana ciertamente no está para contemplaciones con quienes han tenido privilegios que afectan a las mayorías.

Juan Palomar ya ofrece sus beneficios. Habrá que seguir con otras obras complementarias, como en todos lados. La ciudad cada día manifiesta los efectos de su crecimiento desordenado y ya se agotaron los tiempos y la paciencia ciudadana para encontrar soluciones de fondo. Ojalá y este caso sirva de ejemplo y sea el inicio de una acción que deberá extenderse a muchos otros frentes.

 

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