Jalisco, nada lejos de Michoacán

Poco eriza tanto a varios funcionarios de la actual administración estatal de Jalisco que los comparativos de seguridad. Aunque ciertamente se ha “avanzado”, por no decir retrocedido un poco menos, en el combate a algunos crímenes en específico que muestran índices decrecientes, la verdad es que cada vez hay menos motivos para sentirse satisfecho.

Después de algunos éxitos de las fuerzas de seguridad locales en la lucha contra los delincuentes, de golpe estos asestan un golpe demoledor nada menos que a las consideradas policías mejor entrenadas y capacitadas de la entidad. El cobarde ataque –simplemente una cruenta emboscada–, perpetrado contra los elementos que recorrían en convoy la carretera de Vallarta a Mascota, deja luto no solamente a las familias de los guardianes sino también a la sociedad.

Pero, sin el ánimo de repartir culpas, ¿hasta qué punto las autoridades tienen alguna responsabilidad de ello? Se mostraron muy solidarias y se esmeraron con sus trajes negros en la cobertura mediática del homenaje póstumo a los elementos fallecidos, ofrecieron apoyos económicos –los normales en estos casos como seguro, etc.– pero algo no pareció a los deudos que se las ingeniaron para expresar indignación ante los hechos a través de un escrito que llegó a medios nacionales y que pareció un tanto minimizado por los locales.

Cuesta trabajo, en realidad, hacerse a la idea de que todo un convoy de personal casi militarizado y altamente capacitado –así lo suele presumir una y otra vez el titular de la Fiscalía–, no cuente con protocolos para su propia seguridad y una especie de pandilla de bandoleros y sicarios les hayan tendido una simple trampa en la que cayeron sin poder defenderse. Debió ser una lluvia de balas la que cayó sobre los policías que nada, absolutamente nada pudieron hacer para salvarse. En su mayoría cayeron muertos, el resto, heridos. Aparentemente de los autores directos, ninguna baja y hasta ahora sin detenidos, salvo los que se atribuyen a la organización, principalmente por el asesinato casi simultáneo del mando policiaco de Zacoalco.

Esto muestra, así, sin más, que la Fuerza Única de Jalisco, orgullo de las autoridades, dista mucho de ser la corporación de élite de la que se habla, y no por culpa de sus elementos que solamente reciben órdenes ya que hechos como los acontecidos cerca de San Sebastián del Oeste, pueden y deben evitarse con técnicas y logística apropiadas. A la FUJ no se le ha dotado aparentemente de todos los recursos necesarios para autodefenderse, ¿qué podemos esperar aquellos a los que en teoría defienden?

Está bien, muy bien que el gobierno estatal se esfuerce por contar con tal corporación. Sin embargo, el Fiscal del estado debe ya apartarse un poco de las posturas de autosuficiencia que le caracterizan ya que para él la seguridad personal sí es una garantía, lo que se ve cuadras a la redonda de donde se mueve o hace presencia hasta para tomar café, con un pequeño ejército de guardias, patrullas, motos y en ocasiones hasta tanquetas.

Parece ser que los argumentos del Fiscal en cuanto a que la lucha contra el crimen en Michoacán solamente impacta a Jalisco por el “efecto cucaracha” ya no es tan válido. El estado cuenta con las propias cucarachas además de las ajenas y hasta el Departamento de Estado norteamericano tiene bien medida y clasificada como peligrosa y poderosa la organización del cártel Jalisco Nueva Generación, ahora con ramales por todos lados quizá por los huecos dejados por otros grupos criminales ya más sometidos.

Lo grave es que aquí la seriedad de todo ello simplemente no se acepta. Las autoridades lo niegan constantemente, buscan hacer sentir un clima de seguridad como si tantos crímenes, homicidios y demás fueran en verdad aislados e irrelevantes. Grave también es que la sociedad lo ignore, desvíe su atención a temas incluso fútiles y que –incluyo a los organismos más representativos–, ni siquiera se pronuncien claramente en torno a la situación. Como dicen los deudos de los policías caídos, donde quiera se manifiestan grupos para cualquier cosa, pero no para aquellos que entregan su vida porque alguien no planeó ni previó adecuadamente su simple desplazamiento.

Aunque le pese la comparación a las autoridades, Jalisco no está ya nada lejos de Michoacán. Eso sí, hay excesivo esmero en matizar los actos criminales, los asesinatos que son pan de diario en la ciudad y en el estado, robos, asaltos e incluso extorsiones que cuando se descubren se disimulan. Es normal que también tales autoridades estén preocupadas por las próximas elecciones y que no quieran dar armas de cuestionamiento a los opositores pero lo que ya no se puede tapar como lo que hace el gato, es que el estado está en peligro latente y que sus fuerzas policiacas ya son lo único que nos separa de un eventual colapso en seguridad, pero que también son muy vulnerables.

 

miguel.zarateh@hotmail.com  

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