Guerrero, México, la paz que nunca llega

Aun cuando de un momento a otro –al menos eso esperamos-, termine por aclararse la desaparición y todo parece indicar ejecución masiva de estudiantes de Guerrero en la histórica ciudad de Iguala, sus efectos e impacto perdurarán por mucho tiempo. Es que a veces no nos damos cuenta de que siguen sin resolverse a fondo los problemas de inseguridad, corrupción, narcotráfico, ejercicio sin límites del poder y, sobre todo, infiltración de la delincuencia en los distintos niveles de gobierno.

Lo grave, claro está, es que preferimos no vernos en el espejo de lo que pasa en otra partes del país. Y cómo va a serlo si no reconocemos que en Jalisco hay muchas cosas que no están bien y que las autoridades insisten en que todo está bajo control cuando, por otro lado, olvidan que el estado ha sido quizá desde hace cuatro o más décadas, sede o cuando menos residencia de capos y cárteles. La “declaracionitis” de la Fiscalía General, por ejemplo, quedó muy mal parada en una comparecencia ante el Congreso que no despejó nada del panorama local en la materia. Y hay que recordar que si de fosas y ejecuciones se trata, la entidad jalisciense tiene lo suyo, podríamos decir entonces que “cada quien sus propios muertos” mientras que, hay que repetirlo, las tareas de investigación del delito y procuraduría de justicia andan por los suelos y bastante lentas.

Pero, naturalmente, los hechos en Guerrero han llamado la atención nacional y mundial por su dimensión y trascendencia. Ya hasta el Estado Islámico se ve menos violento ante masacres como las sucedidas en México. Y no es nada exagerado decirlo ya que, por ejemplo, el Parlamento europeo está tomando muy en serio una iniciativa alemana de hacer a un lado propuestas de ampliación comercial con México mientras no se atiendan aquí cuestiones elementales de derechos humanos y de seguridad pública. Y así están la ONU, la OEA, AI, etcétera.

De pronto las autoridades federales mismas se han encontrado con una realidad bastante alejada de las visiones idílicas y optimistas del discurso oficial. Los esfuerzos se aprecian desesperados por sosegar ánimos y no llegar a una crisis de percepción pública ya bastante similar a la que dejó la pasada Administración de Felipe Calderón. Muy sensiblemente se ha tocado hasta al mismo Ejército por lo de Tlatlaya, aunque pueda ser un hecho que empaña la gran labor de las fuerzas armadas en la lucha contra el crimen organizado. Sin embargo, si se ve, seguramente los recientes desvelos del Presidente no son en vano. A fin de cuentas, es por ahora el conductor de los destinos de la nación y todo le afecta. Se percibe en su ánimo y sus expresiones.

Lo que sí debe considerarse inaudito es que un gobernador se aferre al cargo y reciba el apoyo y respaldo público de su partido cuando tiene a su estado, el de Guerrero por supuesto, prácticamente en llamas. En la vinculación natural del gobernador y un acalde de una de las principales ciudades de su estado, sobre todo afines en cuanto a partido, no cabe sino la incredulidad ante una supuesta ignorancia de lo que estaba aconteciendo. Pero Ángel Aguirre no es la excepción en este aspecto.

Y es que, además del estupor e indignación nacional, son de esperar muchos efectos políticos. Los denuestos contra el mismísimo Cuauhtémoc Cárdenas cuando quiso acercarse a la marcha que protestaba por las desapariciones de Guerrero en la capital del país –“asesino” fue lo menos que le dijeron-, no es sino reflejo de que la gente ya no tolera los usufructos políticos de sus penas y tragedias. El ataque a Cuauhtémoc no es sino la rabia contenida contra eso que muchos nombran los “líderes morales” y en el caso que nos ocupa, especialmente el peor damnificado de todo será sin duda el Partido de la Revolución Democrática. ¿Alguien pensaría que el PRD tiene futuro seguro en Guerrero? Vamos, el daño está hecho y no hay duda de que el perredismo pagará sus platos rotos el año próximo no solamente en esa entidad sino tal vez en la propia capital país y muchos otros lugares. Y si el Partido Acción Nacional consideraba el “aliancismo” con el PRD para salir del hoyo en que se encuentra, ahora lo pensará dos o más veces. De ese tamaño están las cosas.

Ahora, y ojalá así sea, habrá más cuidado para elegir candidatos. Cualquiera sabe que la selección de prospectos tiene muchos ingredientes y uno de ellos es la venta bajo la mesa. De esto no hay partido que escape y es raro que no sucumba ante ofertas considerables que se aprovechan en lo propio o para promoción de las mismas campañas. La tentación es grande. De otra manera no se explica tanta infiltración, tan clara como el agua en Iguala, pero quizá encubierta o más discreta en sabe Dios cuántos municipios y distritos de la República. A veces, incluso parece que los demás componentes sociales, incluyendo los organismos privados, no hacen más allá que ver por sus intereses y tampoco buscan influir para que tales situaciones no se den y que existan verdaderos filtros para que los candidatos tengan el perfil al menos de moralidad indispensable. Lo demás le corresponderá a los propios ciudadanos que muchas veces votan a ciegas, por unas siglas o por la animosidad del momento.

Cuando los hechos de Guerrero terminen por aclararse, vendrá una cruda nacional de pronóstico reservado. Culpables serán no solamente los directamente indiciados. Habrá muchos que sobrevivirán a los señalamientos pero el perjuicio será enorme para todo el país. Quizá algo pueda rescatarse de tan impactante suceso, quizá sea un verdadero despertar de conciencias y no avalar con el voto a perfiles de la mayoría conocidos, quizá sea hora de que partidos, gobierno, organismos privados y sociales, universidades y otros sectores, tomen más en serio sus responsabilidades, asuman que este país es de todos y que no tenemos otro más que el que sepamos construir. La democracia, lo decía Aristóteles, no es tan perfecta pero ya es tiempo de elegir bien y cerrar el paso al crimen, al imperio del poder sin límites y de abrir la mente para corregir errores y dejar de sufrir las consecuencias irreparables como las que padecen las familias de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa. Sólo la paz no llega.

 

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