Cuentan más los valores que los colores

Ni duda cabe que el PRI se ha especializado en perder sus oportunidades históricas. En los días recientes y tras su estrepitoso fracaso en la zona conurbada de Guadalajara y otros municipios importantes de la entidad, si algo ha sobrado son excusas, justificaciones o “mea culpa” de algunos de los principales protagonistas tricolores pero, a decir verdad, si se observan bien las cosas, el triunfo naranja se debió a muchas cosas más que el simple “hartazgo” o el “desgaste” del gobierno todavía en marcha. Los ciudadanos simplemente se lanzaron a las casillas a mostrar, otra vez, su esperanza de un auténtico cambio, personificado en la figura de un liderazgo como el que se ganó a pulso Enrique Alfaro.

Pero sería lamentable que este triunfo espectacular no llevara aparejada la conciencia de que la confianza igual se gana que se pierde, a veces en años, a veces en menos. Hace dos décadas los jaliscienses dieron un vuelco a la vida política de la entidad con un fenómeno similar al registrado el pasado día 7. Entonces, fueron los panistas los usufructuarios de tal anhelo de cambio aunque nadie desconoció que el triunfo arrasador de los blanquiazules en gran medida obedeció a una devaluación muy reciente, al desastre del 22 de abril y su manejo y, por supuesto a la inseguridad significada en el asesinato del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo. Muchas razones tenían los jaliscienses para cortar de tajo al PRI en esos tiempos.

Pero, con todo, la situación ahora muestra algunas similitudes pero también un trasfondo explicable. La inconformidad acumulada en el poco tiempo de la administración de Enrique Peña Nieto y de la gestión de Jorge Aristóteles Sandoval (inseguridad, escándalos, decisiones equivocadas, etc.), pudo haber sido para muchos motivo más que suficiente para rechazar al tricolor, pero la preferencia mostrada por el partido del Movimiento Ciudadano tuvo otras razones. Para emprender un cambio radical también hay que considerar la necesidad de alguien capaz de acaudillarlo.

Sin restar quizá sus propios méritos, lo cierto es que los triunfos en Zapopan, Tlajomulco y otros municipios destacados y en gran parte de los distritos tanto federales como locales, fueron producto del arrastre logrado por Enrique Alfaro. Los votantes, atraídos por su liderazgo, el símbolo de la consecución de muchos de sus anhelos, vieron en los colores y el personaje y no tanto en sus demás candidatos, la imagen de quien gobernará a la capital jalisciense. La prueba es que en los municipios y distritos metropolitanos y otros lugares no faltó el ciudadano que “confesó” haber votado por Alfaro.

Entonces hay que pensar en que no se trató, como se insiste en afirmar, de un simple “voto de castigo” sino de una genuina transformación en la mentalidad política ciudadana. No así como así se echaría abajo un bipartidismo que ha sido signo del perfil jalisciense y no solamente en política sino en el equipo de futbol de su preferencia y en muchas otras actividades. Estaban también demasiado cercanos los escándalos de las administraciones panistas anteriores pero a fin de cuentas para nada valió el multicitado argumento de que el propio Emilio González Márquez había respaldado a Alfaro aunque tal vez sí tuvo su efecto la actitud de algunos –poco congruentes, claro-, de promover el “voto útil” en favor de los naranjas y a costa de su propio partido, como sucedió con la desleal acción en contra de Guillermo Martínez Mora.

Sin embargo, más allá de una política convencional y sujeta a partidos, mismos que en no pocos casos se desdibujan y no tienen identidad real para la población, lo sorprendente es que hayan triunfado la inquietud y la propuesta de los llamados candidatos independientes. Sin buscar más ejemplos en otras partes, Pedro Kumamoto Aguilar viene a traducir de una manera fiel el deseo ciudadano de valorar personas y no el simple “logo” en las boletas electorales. Él, sin más recursos visibles que el entusiasmo de sus seguidores, ganó, y se dice fácil, en un distrito tradicionalmente bastión del PAN y que, además, enfrentaba a fuertes aspirantes del PRI y del propio Movimiento Ciudadano. Hasta el fondo de la boleta fueron a encontrar los votantes “el árbol” emblema de Kumamoto, pero lo cruzaron. Así de fuerte puede ser la decisión ciudadana cuando algo realmente le convence.

Ahora, claro está, la recomposición política del estado requerirá de acciones inmediatas y coordinadas de los nuevos alcaldes. Los naranjas enfrentarán innumerables retos y corregir el rumbo sin revanchismos innecesarios. Los tricolores vuelven a la oposición para la que muestran ser bastante malos; los blanquiazules, a lamentar nuevamente su divisionismo y su forma de arrojar al cesto lo que fueron principios y plataformas de sus tiempos heroicos. Otros, verán cómo se aleja cada vez más la opción de subsistir y al tiempo, el amago de desaparecer.

Lo que es de esperar es que el actual gobierno estatal termine por ajustar su evidente desorden administrativo que en gran medida contribuyó a la debacle, que se dejen las posturas autárquicas y soberbias, la insistencia en sostener en puestos a ineficientes y prepotentes funcionarios. Aristóteles Sandoval puede recomponer su imagen ¡claro que puede! pero, principalmente, deberá ejercer mejor lo que le resta en el gobierno, ahora alternando bien con alcaldes y legisladores opositores.

A Enrique Alfaro y todos los que con él llegan al poder que esperaban, toca demostrar la veracidad de sus dichos, la autenticidad de sus acciones y desempeñarse ante los jaliscienses. Terminó la guerra electoral, empieza ahora la batalla por ser mejores y, ojalá, todos por engrandecer a Jalisco. 

 

miguel.zarateh@hotmail.com  

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