Crónica de una inundación anunciada

Parece que la verdad termina siempre por salir a flote. Si se ajustan los criterios manejados desde hace décadas en cuanto a abasto de agua a la zona metropolitana de Guadalajara y a la de León, junto con la región de Los Altos, la solución ha estado técnicamente muy por encima del sacrificio de los pequeños poblados que tarde o temprano resultarían inundados. Ahora queda muy claro que no había ninguna otra opción y que toda la controversia no pasó de un simple manipuleo político en el que todo mundo buscó sacar raja   –más lo que falta–, y que, a fin de cuentas, lo que menos importaba es lo que pasaría con unos cientos de moradores del área afectada.

Y es que ya desde el gobierno de Guillermo Cosío Vidaurri se veía venir el problemón del suministro de agua y, a no ser por la súbita interrupción de su mandato por aquel infausto suceso del 22 de abril, de seguro se hubieran continuado las obras y quizá hasta terminado. Es difícil resumir todo lo que en el aspecto técnico fue contemplado por al menos un par de generaciones de ingenieros visionarios en la época del Plan Lerma - Chapala - Santiago pero invariablemente se llegaba a la misma conclusión: las aguas del futuro para Guadalajara vendrían del Río Verde.

Y como también los consultores consultamos, el ingeniero Fernando Rueda nos dio un panorama con tal descripción de la situación y su sustento técnico que, a pesar de los sentimientos encontrados y las ambivalentes condiciones jurídicas y sociales que perjudican a esos pueblos involucrados, no queda mucho margen para seguir especulando. O se realiza la obra llamada “Zapotillo” en toda su capacidad –es decir, con la cortina a 105 metros–, o no existen más alternativas para atenuar la disminución de niveles de Chapala y para asegurar el abasto a la capital jalisciense en las décadas venideras.

Del tiempo en que se iniciaron los trabajos del sistema Calderón a la fecha, casi sin pensarlo se incrementó en cerca de un millón la población demandante del líquido. Así de apremiante es la situación. Así que todo ese palabrerío de que si la cortina era de 80 metros o que si se construían “diques” para evitar la inundación de Temaca y otras posturas más, cayeron en lo que tenían que caer: evidentes falacias, mentiras pues o, si se quiere, dudosamente, buenas voluntades de salvar al poblado.

La contundencia de los datos, la secuencia de un proceso iniciado hace ya bastante tiempo, no dejan lugar a dudas de que el asunto sencillamente se politizó –y lo seguirá siendo un buen rato–. Quizá los parangones no son siempre oportunos pero la cortina del Zapotillo será quizá la más alta de Latinoamérica y una de las más altas del mundo. El resultado será la generación de 16 metros cúbicos por segundo, de los cuales una cuarta parte irá para Guanajuato y el resto para Jalisco.

Claro que tampoco es forma la de un Secretario de Estado, como el de Medio Ambiente,  que por paradójico que parezca vino a justificar el incumplimiento de lo prometido, como que nada está escrito en piedra. Además de sonar cínico, esto no ayuda para nada al Gobernador al hacer frente a quienes falló. Simplemente esto nos da idea de que las promesas de campaña deben ser mesuradas y realistas y quizá en ello estuvo el error, un tanto a sabiendas que no había otra opción y que la inundación de Temaca estaba predestinada y anunciada desde hace décadas. Sin embargo, este gobierno podrá pasar, con el tiempo, a ser calificado con más benevolencia, principalmente por dar agua a la población. No es cosa menor lo sucedido al pueblo afectado pero ojalá se trate con justicia a sus moradores, quienes pagan así una cuota muy alta en beneficio de millones de jaliscienses.

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