El Corona, ¿la debacle del municipio?

De los niveles y estructuras de gobierno, ninguno tiene en la percepción ciudadana tanta cercanía como el municipio. La razón es válida ya que la tarea esencial del mismo es proporcionar los servicios fundamentales, prácticamente el día a día de la vida social, la satisfacción de las necesidades primordiales que van del inicio de la vida (Registro Civil), hasta la muerte con la operación de panteones. Igual se atienden la garantía primordial de seguridad pública que el auxilio en la emergencia de salud o en los siniestros, el orden en la construcción, el destino de los desechos, el estado de las vialidades, el comercio y muchos más como los mercados y otros servicios.

De ninguna manera parece fácil la tarea y eso que han debido sujetarse a convenio, principalmente con el estado, agua potable, alcantarillado, tránsito y más. Sin embargo, también el municipio es el primer frente de las ambiciones políticas, de frecuentes desencuentros, el centro muchas veces de las disputas partidistas y, también, el receptáculo de los favoritismos y privilegios que se traducen en graves mermas al gasto público.

Lo grave es que todo ello incida en su quehacer esencial. Los hechos dicen mucho de la forma en que se gobierna el municipio. Lo sucedido en mercados populares de la ciudad es palpable muestra del deterioro material y humano, de la evidente falta de profesionalización en las distintas áreas, de mandos mediocres y de burocracias indolentes que no saben, no pueden o no quieren cumplir con sus tareas. El incendio y destrucción del mercado Corona, un ícono tapatío y fuente de sostenimiento en forma directa o indirecta para miles de familias, es imagen clara de una debacle municipal que, sinceramente, no se esperaba así dada la experiencia del alcalde Ramiro Hernández, a fin de cuentas el principal responsable de la operación del Ayuntamiento. Quizá la culpa se atribuya a muchos factores, entre ellos el abandono que por décadas sufren los mercados ya que no constituyen puntos de lucimiento político como no sea cuando se inauguran. Sucedió ahora a una cuadra del Palacio Municipal pero el deterioro y fallas de esos edificios son común denominador y tal vez muchos sobrevivan a contingencias prácticamente de milagro.

Si nos vamos a otros renglones, lo que se aprecian son calles llenas de baches, banquetas destrozadas, olvido en los semibaldíos llamados parques, basura acumulada por doquier, más lo de sobra conocido como la escasa seguridad, el ambulantaje incontrolable y muchos problemas más. La verdad no se ve sencillo que este Ayuntamiento salga con buenas notas cuando sea evaluado  ya que si bien no se puede atribuir todo lo malo a una sola administración, a la actual lo menos que se le puede calificar es como que nos queda a deber. Sabíamos que Ramiro entraba con puntos en contra, como la deuda municipal más grande del país, pero la falta de acciones decisivas y firmes, no lo están dejando en condiciones ni de justificarse.

A veces nos preguntamos, ¿quiénes serán las voces que le aconsejan al alcalde? La verdad, sería mejor hubiera invertido un poco en la consulta técnica y profesional que en los pésimos consejos que parece siempre abundar. Ahora, al igual que el Corona, solamente queda esperar cuál será el siguiente siniestro, el próximo derrape. Mientras, la ciudad parece seguirse cayendo a pedazos, sin que asome la voluntad por cambiar los modelos caducos en su administración, por dar al municipio un toque de modernidad, de aproximación real al ciudadano que es el primero que debe ser escuchado y atendido, de generar acciones y mecanismos que hagan cumplir al Ayuntamiento su principal cometido: dar servicios fundamentales y dignos.  

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