Ciclovías, necesidad y demagogia

Estamos poco acostumbrados a que la autoridad camine en cierta clase de programas por el camino de la sinceridad. El tema de las ciclovías es una necesidad considerada vital en muchas partes del mundo, en nuestra ciudad tema de moda pero, a decir verdad y de tiempo atrás se ha manejado en forma mal planeada, a veces más por su contenido político que por satisfacer un requerimiento público. Incluso, se suelen realizar para ello obras costosas sin los complementos adecuados y por zonas que restringen no solamente a los vehículos sino a los peatones. Hacerlo utilizando los camellones, por ejemplo, no suele ser una buena idea.

Mientras aquí se piensa en “mi bici pública” y las ciclovías, el hilo negro de esta cuestión fue inventado y aplicado desde hace décadas en casi todas las ciudades grandes, medianas y pequeñas de todo el orbe. Hay casos muy especiales como en China, donde enormes vías laterales se dedican exclusivamente al tránsito de bicicletas pero, en la mayoría, estas vías no se confinan ni siquiera físicamente sino a base de simples rayas pintadas en el pavimento con la señal internacional de la bici. Y, así sin más se respeta.

Esto nos lleva a una consideración de suma importancia: todo programa de movilidad no motorizada debe acompañarse del ingrediente fundamental de la cultura vial. Frecuentemente vemos que las obras —necesarias y aconsejables desde luego pero en su justa proporción—, no son respetadas ni siquiera por los propios ciclistas a quienes van destinadas, lo cual significa que han sido mal planeadas y quizá son poco prácticas. Además, nuestros ciclistas están acostumbrados a no respetar principio vial alguno, o sea se han visto obligados a sortear el tráfico por donde les es posible o por donde les viene en gana.

Alguien señaló una vez que la bicicleta es el auto de los pobres, y esto sigue vigente en muchos casos. Incluso suele ser un vehículo de trabajo bastante generalizado y ya no digamos que es más que una moda para mucha gente en el aspecto social y deportivo. Sin embargo, nadie duda de que fomentar esta clase de movilidad es altamente benéfico para fines sociales, ambientales, salud y por supuesto para desalentar en lo posible al automotor.

No hay que regatear el mérito de todo programa que se realice con este objetivo pero, eso sí, debe cuidarse celosamente que no se trate de simples acciones demagógicas o programas de campaña política.

Y es que, en efecto, la educación vial debe llevar al ciclista al uso de protecciones mínimas indispensables y a seguir el curso trazado en su vía pero no está por demás que también respete los demás reglamentos como es el sentido de las calles y los semáforos.

Nos falta mucho para hacer de las ciclovías algo similar a lo hecho en Montreal, Amsterdam o Munich pero ya es tiempo de que, como en todo, si en verdad hay honestidad de propósitos, las autoridades confíen en los expertos, abran la oportunidad de participación a ciudadanos y a técnicos, para planear mejor y no dejar lugar a dudas de que se trata de programas de auténtico provecho público y no oportunidad o coyuntura de demagogia política.

 

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