¿Barruntos de tormenta?

Para los bastante bien informados periódicos financieros ingleses, México podría estar viviendo una etapa difícil en la que puede avizorarse una amenaza de tormenta económica. Desde luego que esto, cada vez que se lanza una señal de alerta de este tipo hacia nuestro país, es rutinariamente desmentido por las autoridades, particularmente hacendarias, que en cambio manifiestan con aplomo que todo marcha bien, que todo es consecuencia de un fenómeno global que afecta a todo el orbe y que, como sucede con la moneda, se trata de una subvaluación ocasionada por fenómenos externos.

Más o menos así van los chichés a los que nos han acostumbrado los gobiernos cuando, la verdad, la cuestión no es para preocuparse menos. Habría que echar un vistazo al pasado y observar cuál suele ser el comportamiento en las esferas oficiales cuando las políticas económicas no han sido las adecuadas y, como si se trata de intentar tapar el sol con un dedo, parece que intentan calmar las inquietudes de la población y engañar "solo un poquito" movimientos no deseados en los flujos de capitales.

Uno de los signos inquietantes ha sido sin duda el temor, podría decirse casi pánico del gobierno en turno a utilizar el término devaluación. Nadie quiere asumir el costo político que implica la palabra y, consecuentemente, se cae en eufemismos y explicaciones de toda clase sobre lo que en realidad es simple y sencillamente que la disminución del valor del circulante. Esto, debido a las causas que son bien sabidas pero que no son reconocidas como tales.

Quizá el principal motivo que a lo largo de los años hemos aprendido a reconocer como evidencia de una inminente devaluación es la falta de confianza en el manejo público de la economía. Pero, hay que recordar que quizá no todas las devaluaciones son tan malas y algunas hasta tienden a traer consecuencias positivas a mediano o largo plazo. Por ejemplo, suele citarse que Adolfo Ruiz Cortines (Presidente de México 1952-1958), permitió por así decirlo una de las grandes devaluaciones nacionales, al decretarla para que el peso pasara de una paridad cambiaria de 8.65 por dólar a otra de 12.50, medida que nada agradable sin embargo tenía una razón muy distinta a la de nuestros tiempos, simplemente era consecuencia del desnivel de la balanza comercial. No hubo grandes impactos pero lo que sí logró con ello Ruiz Cortines fueron más de veinte años de estabilidad de la moneda.

Ahora nos asombra ver cómo se registran grandes devaluaciones en el extranjero, digamos como en el caso de la sufrida Venezuela de nuestros días pero México atravesó por algunas que llegaron al escándalo e indignación social por sus terribles efectos. Empezó la debacle con Luis Echeverría que en su gestión registró inflación del 126 por ciento y provocó una devaluación en el orden del 22 por ciento. Pero el que se las ingenió para llevar el país casi a la bancarrota fue José López Portillo, que provocó una inflación mayor al 400 por ciento y una devaluación del 866 por ciento.

Pero había que ver lo que López Portillo decía en aquella época. Un caso muy sabido es el que precisamente se registró durante una de sus fastuosas "reuniones de la República", realizada en el Instituto Cabañas de Guadalajara, cuando dijo que él "defendería como un perro" al peso y, a los pocos días, la moneda cayó en forma estrepitosa. De ahí el mote que se le daba a la casa donde vivía: "la colina del perro". Se siguieron las peores medidas imaginables, como el control cambiario, la confiscación (sería la palabra adecuada) de cuentas de dólares de inversionistas en bancos mexicanos (cuyos fondos se convirtieron en "mex-dólares") y, por supuesto, la fatídica nacionalización de la banca nacional.

Luego Miguel Madrid pagó los platos rotos, más los propios, y la devaluación alcanzó la cifra del 1,400 por ciento –sí, de ese tamaño- tras una inflación de casi tres veces esa suma, es decir, el 4,000 por ciento. Carlos Salinas frenó un tanto la caída pero llegó el "error de diciembre" y dejó a su sucesor, Ernesto Zedillo un paquete de otra devaluación, ahora del 173 por ciento.

Esta es más o menos la historia de las grandes devaluaciones nacionales en sexenios anteriores a la llegada de la alternancia que, por fortuna, llegó en mejores tiempos en cuanto a la economía del país, con Vicente Fox y Felipe Calderón que, en su caso, con mejores ingresos de divisas por el elevado precio del petróleo, pudieron contener la inflación en niveles del 30 por ciento y una devaluación alrededor del 17 por ciento.

Ahora que Agustín Carstens sigue soñando con el Fondo Monetario Internacional y que Luis Videgaray debe justificar ya con resultados el efecto de la reforma que corrió a su cargo, volvemos a escuchar las frases acostumbradas "tranquilizadoras" ante una economía nacional más que amenazada por la situación de precios del petróleo ya que quizá pueda paliarse con el famoso seguro de los 50 dólares pero que no puede evitar el increíble déficit de Pemex que el año pasado fue de aproximadamente 100 mil millones de pesos. La devaluación, en su caso, ya entre el año pasado y los pocos días del presente ya la pisa los talones al 30 por ciento, sin embargo hay que reconocer no impacta tanto por ahora ante una inflación mejor contenida.

Sin embargo, como dicen los diarios ingleses, esto no quita que asomen barruntos de tormenta en la economía mexicana y que mejor será abrocharse el cinturón ante lo impredecible ya que los pilotos del avión, al parecer, solamente quieren tranquilizarnos pero no nos dicen cómo pasarán las turbulencias.

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