Ayuntamiento sin “H”

Para el protocolo, la “H” que antecede a una institución como el Ayuntamiento o el Congreso, da cuenta de su honorabilidad. Es un principio que va entre lo jurídico y lo ético y se reitera precisamente para manifestar el respeto ante la autoridad representada. Sin duda esta simple “H” debería ser motivo de una toma de conciencia de quienes cumplen el cometido de mandatarios y que fueron electos por quien manda a través del voto, o sea el pueblo. Sin embargo, esa confianza depositada es frecuentemente traicionada una y otra vez, al extremo de que los “honorables” ponen en entredicho tal condición.

Quizá esto es lo más grave de todo lo que está sucediendo en el Ayuntamiento de Guadalajara y en el Congreso del Estado, donde se han enseñoreado toda clase de atropellos a los principios y a las leyes, al orden que ha de caracterizar a las instituciones encargadas de dar respuesta a las necesidades de la población e, incluso, antítesis del sentido político más elemental. Mueve a indignación, a lástima y hasta pena ajena lo que acontece. Si las autoridades involucradas dentro de su soberbia y su miopía no lo distinguen ni aparentemente lo aceptan, es cuestión de tiempo, poco tiempo ya, para que los ciudadanos pongan las cosas en su sitio, o al menos intenten de nueva cuenta hacerlo.

No se trata pues de traer al estrado de un juicio público a una regidora que en sus problemas mentales y sus ambiciones fallidas insiste en batirse en su propio estercolero, ejemplo lamentablemente nada único en un Ayuntamiento, el más importante del país, que adolece de muchas cosas más. Lo mismo bastaría asomarse siquiera a cuestiones como las licitaciones públicas o la entrega discrecional de licencias y usos de suelo, cosa que llevó a su responsable incluso hasta a injerencias directas con la dirigencia saliente y el proceso de elección de la Cámara del ramo, en busca de avales muy cuestionables. Pena, por ello, de un político considerado sano, Ramiro Hernández, que aparentemente perdió las riendas para imponer la honorabilidad del municipio. ¿Para qué tanto asesor? Su equipo –y sus pugnas internas– no hace más que meterlo en problemas. Da la impresión que ni siquiera tiene el Alcalde a alguien que le hable con prudencia al oído.

Pero unos metros adelante, por la misma avenida del ayuntamiento, se encuentra la sede del Congreso del Estado, foco de atención por otras cuestiones que han terminado por provocar el más grave rechazo público de que se tenga memoria. Vamos, ni siquiera el asalto en despoblado que hicieron anteriores legislaturas, hasta los aún vigentes desmanes de las nóminas, las evidentes muestras de desfachatez de su escandaloso escuadrón de aviadores y el caos administrativo que vive, han motivado tal reprobación como las de la partida de las “casas de enlace”.

La peor respuesta, el más desafortunado colofón de una historia de tropelías, es la postura de eliminar todo método de simple explicación, no digamos justificación, de una percepción a todas luces tan inmoral como indebida. Y así, con qué cara le piden los diputados honorabilidad al “Auditor General”, cuando incluso este último llega a burlarse e insultar a uno de los pocos legisladores que le llama a rendir cuentas de su mal proceder.

Por supuesto que hay que descollar a los pocos que no se manchan en tan inmundo pantano pero, con todo lo que pasa, ante el ciudadano, no se espere por ahora que ni el ayuntamiento ni el Congreso del Estado tengan la respetabilidad que impondría la “H” de honorables que simplemente no han merecido.

http://twitter.com/MiguelZarate_12