Que vivan, que se mueran

El problema es que luego caigo en cuenta de que no conozco el funcionamiento del sistema judicial de Malasia, de que bien pudiese tratarse de un malentendido.

Hay un país híbrido muy extraño que –salvo cuando estamos comprando prendas de calidad dudosa– generalmente no aparece en el inconsciente colectivo de los mexicanos: Malasia. Digo híbrido, ya que hasta hace poco me enteré que este estado es asiático y a la vez musulmán; un concepto que provoca que mi cerebro se retuerza y sobrecargue. En fin.

Esta semana este país extraño adquirió un papel protagónico en los titulares de MILENIO y diversos otros a nivel nacional. Y es que en aquel gobierno están a punto de ejecutar a tres compatriotas nuestros.

Hasta este nivel conceptual yo levanto el puño al aire y juro incendiar cada uno de los edificios de aquella nación del Oriente para que así comiencen sus habitantes a pagar por su osadía. Con sólo la información anterior, me preparo para envolverme una bandera ensangrentada y cruzar el Atlántico, utilizando sólo mis propios brazos, con el objetivo de rescatar a mis paisanos y demostrarle al mundo que a mis hermanos nadie los toca.

Pero luego me entero que mis connacionales laboraban en una fábrica de narcóticos en ese país, y me empieza a dar un poco de flojera nadar hasta allá. Las historias matizadas tienden a convertir la indignación activa en confusión pasiva, y una parte de mí comienza a pensar que aquellos tres mexicanos jamás debiesen haber nacido en esta nación, y que mejor nos irá a todos cuando hayan muerto.

El problema es que luego caigo en cuenta de que no conozco el funcionamiento del sistema judicial de Malasia, de que bien pudiese tratarse de un malentendido, una acusación falsa, fabricada, grotescamente injusta; y comienzo –si bien no a prepararme para nadar– por lo menos a buscar vuelos de avión que me lleven a aquel país. De perdido quiero hacer presencia.

Después me doy cuenta que no tendrían nada que estar haciendo tres hermanos en Malasia en un laboratorio de narcóticos, que difícilmente hubiesen estado en ese sitio realizando cualquier actividad sensata. Esto me lleva a cerrar el cotizador de vuelos de avión, y casi a apagar por entero mi laptop. Concluyo que la vida de estos delincuentes no vale ni un peso de mi dinero ni del dinero de cualquier mexicano honesto.

Pero… luego me pongo a pensar que son personas como todas, con errores y que nadie merece morir ahorcado. Ante esta realización me desplomo. Ya no sé qué hacer. Me termino remitiendo al emprendimiento más inservible posible, al que siempre recurro cuando un asunto político es tan real y tan moralmente complejo en la vida: escribo una columna, con más preguntas que respuestas, y me olvido del tema para siempre.

miguel@cibreoeditores.com