Me sucede a veces

La gente en general está hasta la madre del sentimiento que aflora en sus adentros cuando abre la sección de política de cualquier diario.

Me sucede a veces, de manera un tanto imperceptible al principio, pero certera, que se me evaporan las ganas de abrir un periódico por la mañana. En ocasiones este suceso se torna más violento y la falta de intención de leer las noticias del día se convierte en un genuino disgusto por hacerlo. Esta sensación generalizada adquiere repercusiones físicas, mi pecho comienza a pesar de manera contundente, aplastándome el esternón ante la mera premonición de intuir el tipo de notas con las que me voy a topar.

Haciendo encuestas informales en mi entorno social cotidiano noto que no soy el único. La gente en general está hasta la madre del sentimiento que aflora en sus adentros cuando abre la sección de política de cualquier diario. No es tanto que la actividad de consulta les parezca repugnante (es gratificante enterarte de lo que acontece en tu mundo), más bien es que la sensación que acompaña estar al pendiente de la polaca en estos días es muy desagradable. Uno termina cansado de revivir en cada plana lo corruptos, mentirosos, incompetentes y hasta malévolos que son los actores políticos. Pareciera ser que no hay nadie rescatable, que moverte en puestos de elección popular necesariamente exige una fuerte dosis de podredumbre en tu currículo.

En mañanas como esta, en las que me parece más apetecible comer excremento que abrir un diario, me pregunto si el mundo político verdaderamente reside en el quinto círculo del infierno, o si esta percepción casi unánime es ocasionada precisamente por la narrativa tan recurrente y omnipresente fomentada por los diarios (quienes la publican) y nosotros (quienes la consumimos).

Aclaro que mi duda no es si en la política hay corrupción o no, o si hay personas incompetentes. Corrupción e incompetencia hay para aventar para arriba. Sólo me pregunto si la misma simbiosis de emisores y consumidores de información que tenemos con nuestros diarios favoritos no es la que nos lleva a detestar lo que en ellos se publica, y a ver las cosas de una manera más distorsionada y caricaturizada de lo que realmente son.

Alguna vez me pregunté por qué no existía un diario que sólo publicara buenas noticias, y me di cuenta de que si lo hubiera, nosotros como lectores lo acusaríamos de propagandístico, y de apoyar a tal o cual candidato o gobernante al hablar de alguno de sus aciertos. Concluí que fomentamos lo que odiamos y desalentamos lo que decimos buscar; pero rara vez nos odiamos a nosotros mismos por hacerlo o desalentamos este tipo de conductas nuestras. Concluí también que quizá esta era de acceso constante y total a los vaivenes políticos del mundo, nos volverá cada vez más cínicos y pesimistas, hasta que algo reviente. La humanidad ha sido igual de corrupta, compasiva, depravada, cariñosa, calculadora y entregada desde que existen las comunidades agrícolas; la diferencia es que hoy en día nos lo recuerdan a cada rato nuestros smartphones.

Regresando a mi mañana, la náusea derivada de la mera intención de mirar el periódico me llevó a alejarme de él como lo haría del ébola, y lo más curioso e inesperado sucedió: con mi atención desocupada observé tras la ventana a mi perro persiguiendo a una mariposa. Él brincaba, corría, movía la cola y se deleitaba con fascinación ante la criatura que sobrevolaba y esquivaba sus intentos. El espectáculo no duró más de 5 minutos, pero a su término noté que yo había olvidado el periódico. Tenía ganas de salir al jardín, pues el sol estaba en su punto, se escuchaba un trío de aves y el pecho ya no me pesaba.

miguel@cibreoeditores.com