Un pedacito en la ciudad

Pese a nuestro desorden innato, nuestra tendencia a improvisar y a desenvolvernos como seres nacientes del tercer mundo, conservamos el don de la reverencia.

Actualmente estoy en un oasis. No hablo en términos fantoches haciendo referencia a un remanso emocional bienvenido tras vivir largos intervalos de sequía sin plenitud personal, o de alguna mamada similar.

Mi comentario, si bien es analógico, danza en los imperios de la estética y el contexto físico; pues estoy en el DF sin estarlo.

Hablo del centro de Coyoacán, en donde actualmente tomo una bebida grandiosa que la hacen llamar carajillo, mientras observo un conjunto musical improvisado retumbando al son de “Ojalá que llueva café” con instrumentos que están más desgastados que el falsetto de José José. Son paupérrimas sus herramientas, sin embargo, el resultado sonoro no le pide nada a alguna agrupación que escucharías en el Foro Sol.

Hablo de un refugio incrustado en medio de una de las ciudades más caóticas y cacofónicas del mundo, una plaza con perros y familias y mimos y mariguanos que parece sacada de un punto geográfico por demás remoto y mágico.

No entiendo lo que ha conservado la tipografía visual de esta zona, las fachadas uniformemente coloniales no abarcan más de cinco manzanas a la redonda, pero presiento que la magia de este lugar persiste por razones más significativas que un simple ordenamiento de uso de suelo decretado por la Delegación.

Me da la impresión que los mexicanos capitalinos, obligados a sortear baches y taxis y policías y tráficos y contaminantes de manera cotidiana, sacan a relucir un mecanismo de supervivencia que los lleva a defender, frecuentar y glorificar un diminuto espacio folclórico con un fervor rayando en el fanatismo. Me intriga y me confunde, pero en mayor medida y de manera más importante, me encanta.

Se siente bien desparramar una tarde de jueves en un lugar con estas características, que a su vez está incrustado en una ciudad de este tipo. Enaltece mi visión de la humanidad en general y mi concepto de los mexicanos en lo particular: pese a nuestro desorden innato, nuestra tendencia a improvisar y a desenvolvernos como seres nacientes del tercer mundo, conservamos el don de la reverencia y la profundidad emocional para erigir este tipo de lugares intocables en medio de un valle de asfalto. Me lleva a concluir que –con todas nuestras fallas– los humanos tenemos un piso, un estándar mínimo de sensibilidad que asegura que, aun en un mundo desplomado, caótico, e infinitamente más discapacitado que el que actualmente nos envuelve, siempre habrá una placita, una esquina, un recoveco. Un espacio para niños, adultos, hippies y mascotas sin mayor pretensión que la de conectar con sus raíces más soberanas, olvidar imperfecciones y tomarse un buen carajillo.

miguel@cibreoeditores.com