No iré a votar

No iré a votar porque no estaré yo ahí, en mi lugar acudirá mi representante corporal, al que mando al supermercado, el que tramita mi pasaporte...

Hacía un calor protagónico y el ambiente entero conspiraba para que me diera la vuelta y me regresara al aire acondicionado de mi casa norteña. Había dormido un total de cero horas la noche anterior; y me quedaba claro que, esa misma emoción que invitó a la vigilia a dormir en mi cama por la noche, era la que evitaba que me colapsara en plena fila hacia el quiosco. Tenía el presentimiento de que nadie más compartía mi estado intenso y eufórico de ánimo. Y supuse que era de esperarse, pues todos eran considerablemente mayores que yo.

Lo supuse mas no lo justifiqué en su momento; mi indignación era palpable, pues consideraba que uno debía llegar a viejo siguiendo entusiasmado por este tipo de cosas, continuando con la disposición inquebrantable de hacer filas kilométricas bajo el yugo de los calores infernales de julio.

Hoy me compadezco de aquel joven desvelado e iluso, pues han pasado ocho años y entiendo que esta vez no iré a votar.

No estoy diciendo que no realizaré el acto físico de desplazarme (ahora en carro) hacia una casilla, hacer la fila, entregar mi credencial de elector, ingresar al quiosco, cruzar mis recuadros predilectos, depositar la papeleta y embarrarme una plasta de tinta en el dedo. Eso seguro lo haré; pero lo haré como uno le pregunta a un vecino ligeramente conocido cómo está su familia: con hueva, y el más descabellado desinterés. No iré a votar porque no estaré yo ahí, en mi lugar acudirá mi representante corporal, al que mando al supermercado, el que tramita mi pasaporte, el que va a casa de los suegros (este último es broma).

No es que no haya buenos candidatos en mi estado de Nuevo León. En lo personal considero a Fernando Elizondo una muy buena opción, y por él votaré; pero ya no le atribuyo al hecho de votar la trascendencia mítica y hollywoodense que alguna vez le concedí. El país y los estados fluctúan con el vaivén de una colección inmensamente variada y estocástica de factores, y muy pocos de ellos bailan al son de algún líder en turno.

Concluyo cabizbajo que más que votar para elegir un capitán que abra las aguas, socave las tormentas y acerque peces al barco, emitimos nuestro voto para asegurar que no llegue un manco que lo hunda. Hará calor este 7 de julio y habrá filas largas, pero en mi rostro no reposaré el desvelo: la noche anterior, para bien y para mal, habré dormido como nunca.

miguel@cibreoeditores.com