¡Llévelo, llévelo!

... rotundas muestras de enriquecimientos repentinos, grotescos e inexplicables; al son de propiedades por cientos de millones de pesos.

En las últimas semanas se ha dejado venir una avalancha de periodicazos mortales en los que salen a la luz los trapotes de ciertos aspirantes a puestos de elección popular. Digo trapotes, porque no han sido los temas típicos del alcalde que tiene a su hermana en la nómina, o del diputado que alguna vez durmió en El Torito. Los encabezados han sido rotundas muestras de enriquecimientos repentinos, grotescos e inexplicables; al son de propiedades por cientos de millones de pesos en algunos casos. Si bien es cierto que este país –lamentablemente– me ha sedado un tanto con respecto a la corrupción generalizada entre funcionarios, la dimensión de estos montos es tal que me orillan a leer estas notas varias veces, y con detenimiento.   

El tema se acrecienta, pues la respuesta autómata de los inculpados en estos casos siempre es un baile lingüístico al son de una lógica sincopada: en vez de clarificar imputaciones fundamentadas, sacan a relucir el eructo retórico favorito de todo político, la guerra sucia.

Es cierto que estamos en plena temporada electoral, y muy probablemente las acusaciones se lanzan de manera estratégica por parte de los equipos de campaña opositores, pero eso no mitiga el contenido de las mismas. Independientemente de lo que haya detonado tal o cual denuncia, la denuncia ahí está y las explicaciones no.

Han sido tantos los anécdotas de este tipo que el mexicano ya ha asimilado la corrupción en las esferas públicas como parte inseparable de la narrativa política en el país. Ya es un hecho presupuesto que todos saquean; algunos mucho, otros poco, pero ninguno sale exculpado.

Mi preocupación va más allá de la transitoria indignación que me invade al leer sobre otro escándalo más. Realmente me inquietan las posibles repercusiones que tantas muestras de desfalco puedan tener en un futuro. Los ciudadanos se cansan, y la inmediatez y omnipresencia de la información que ha resultado a partir de la venida de las redes sociales no hará más que cansarlos más. El futuro puede otorgarnos un punto de inflexión, en donde un “todos roban” se puede convertir en un “todos deben arder en la hoguera”. Literalmente.

Hace algunos meses se promulgó la reforma para crear el sistema nacional anticorrupción, organismo autónomo que supuestamente tendrá los dientes suficientes para devorar a cualquier personita que se pasó de ambiciosa en el sector público. Realmente no sé si este esfuerzo vaya en serio (como cuando se creó el IFE), o es más un tema mediático (como cuando se anunció Solidaridad); pero espero que se cumpla la primera alternativa. Realmente quiero vivir en un país en el que los escándalos sean poco comunes y muy costosos, un país en el que no tengamos que decir “es que así somos”. No lo veo imposible, pero siento que aún vienen cientos de periodicazos, y que si no nos apuramos con este tema, se vendrá otro tipo de avalancha.

miguel@cibreoeditores.com