¿Se nos vino el país encima?

Todos los días se llenan los noticiarios de conflictos, disputas, deficiencia y otras descomposturas. “No sirve la secundaria en Jalisco”, dice la asociación Mexicanos Primero. La tierra en Jalisco, incluso la de las comunidades indígenas, protegida por las leyes, está en disputa interminable. Las campañas políticas “no pintan”, dicen los medios. La inseguridad se ha vuelto una carrera entre la insensibilidad y el creciente número de víctimas. Los servicios públicos – agua, energía, transporte, ahorro – están en crisis sin solución. Ayotzinapa pendiente y más. Violencia sin medida y justicia por propia mano.

¿Qué pasó? ¿Se cayó el país y no nos dimos cuenta hasta estar golpeados por los escombros? ¿Los recuerdos, tristes recuerdos, del 22 de abril de 1992 nos envolvieron cual nube de polvo y gases? Quién sabe. No alcanza el día para conocer alguna denuncia, protesta, marcha, escucha o silencio impregnado de malestar donde la esperanza o la simple espera se anudan con indignaciones y situaciones sin salida, a clamor y reclamos, a pedidos de “ya basta” y, desde hace un cierto tiempo, a crítica despiadada de cualquier propuesta o medida de los gobiernos, empresas e iglesias, no hace muy poco solicitadas con ardor y hoy, cuando se entrega o acepta, rechazada por lo “que faltó”. La democracia no alcanza para contener descontento, malestar e indignación. Donde había un cimiento, un plano y una ruta hoy sólo se miran hoyancos, escombros y tristeza sin salida.

Un país es un rompecabezas. Creíamos resolverlo con acierto y ahora caemos en la cuenta de las piezas que no coinciden. Nos cuesta mucho trabajo, avanzamos cual tortuga paralítica y ya nos preguntamos si vale la pena. No encontramos el modo para construir juntos. Los sabios dicen que la culpa está en la cultura mexicana acostumbrada a la dádiva. Otros en la economía capitalista creadora de riqueza para pocos y pobreza en muchos. Son las leyes incumplidas por la corrupción rampante, se afirma. Es la desconfianza en autoridades, dicen. Todos vemos decisiones, proyectos y acciones inútiles.

En la oscuridad del 22 de abril fueron las manos extendidas las que se encontraron. Pudieron rescatar muertos y vivos, retirar el escombro, llorar las pérdidas y apoyarse para levantarse. No hay otra: Extendamos la mano. Siempre, siempre encontraremos otra mano dispuesta a ser dos.