Hacia otra representación

Representar. Es una de las esencias de la democracia representativa. Al mismo tiempo una de las anclas con las cuales tal democracia no puede mejorar. El principio es sencillo: Los muchos otorgan, por la razón cualquiera, la confianza a los pocos; estos pueden tomar decisiones por aquellos. La realidad es penosa y opuesta. Los pocos, los representantes, no están interesados en representar; quiebran en la práctica el principio y la configuración de ideas, razonables, en la cual se sostiene la democracia representativa. Los muchos se decepcionan y pierden la confianza en representante y en la democracia. No hay nada irracional en este hecho.

¿Dónde está el atore? ¿Es el sistema mismo y sus características? ¿Es el engaño de los aspirantes a representar? ¿Es la voluntad torcida de los representantes electos? ¿Son las mal-hechuras y trampas de los “políticos” y sus camarillas? ¿Todo es una gran mentira? Éstas y otras situaciones conspiran en los hechos para dejar de lado sentido y espíritu democrático. No sólo es cuestión de recomponer la ley, de defenestrar a los partidos, al gobierno, a los tramposos, a los “malos” mexicanos que no votan. Es necesario un diseño nuevo, con nuevas bases y nuevos principios. Quiere decir una enorme dosis de honestidad intelectual, talento político y ciudadano, y tiempo.

No se trata, pues, de una medida por aquí, otra ley por allá, un desplante más allá, de “meter a la cárcel a los corruptos” o de invocar a la divinidad para que nos ayude. En alguna forma es imperativo un nuevo comienzo y no sólo un regreso a lo que en la historia se estableció como el mejor diseño para este país. ¿Se puede pensar siquiera en un nuevo comienzo de un país en movimiento, en el cual de manera cotidiana viven, mueren, se reproducen, comen, trabajan y duermen más de un centenar de millones de personas? Claro que sí. Se trata de darse la oportunidad de, por ejemplo, cuestionar en la vida local, el modo actual de representación: Elegimos a uno y nos desentendemos, y cuando lo necesitamos nos damos cuenta que ya se desentendió de nosotros. No más. Un representante ha de ser el más obediente a la comunidad de vecinos, trabajar con cercanía a estos, facilitar la solución de conflictos, mantener y enriquecer la vida elegida por la comunidad. Así, la comunidad se encargará en conjunto de hacerse oír, sentir y pesar.