La educación de calidad

Seis años atrás, en agosto de 2009, falleció Pablo Latapí, gran pensador de la educación. Sus últimas conferencias fueron sobre la calidad de la educación, hoy llevada y traída por muchos, en detrimento del pensamiento de fondo. Recordar algunas de las palabras de Latapí, así sea de manera fragmentaria, quizá ayude a los nuevos funcionarios de la alta burocracia educativa, y a sus asesores, a moderar afirmaciones atrevidas y así, apelar a la paciencia y sabiduría, como un dato indispensable en la mejora de la educación mexicana, atribulada.

“En el fondo – decía Latapí - la pregunta es muy sencilla ¿qué es una buena educación? pero no hay acuerdos ni los acuerdos son esperables; ni probablemente sean deseables. (…) Creo que en el debate de la calidad de la educación hemos cometido el error de sustantivarla… la calidad es en su esencia más adjetivo y adverbio que sustantivo; una cosa, en este caso la educación es buena o mala, mejor o peor que otra, comparable con diversos criterios.” (Latapí, P. (2008), Una buena educación: reflexiones sobre la calidad, Colima, Ed. Santillana)

Y advertía: “…mis educadores me aportaron calidad cuando lograron transmitirme estándares que me invitaban a superarme, progresivamente, de muchas maneras, en diversas áreas de mi desarrollo humano –en los conocimientos, en las habilidades, en la formación de mis valores-, mis educadores me transmitieron estándares y además, me incitaron a compararme con esos estándares, a comprender que había algo más arriba, que yo podía dar más, o sea, me ayudaron a formarme un hábito razonable de autoexigencia”.

El ideal educativo de Pablo, ultraresumido, lo concebía así: “Cuatro esferas del desarrollo de la persona que se compenetran y fusionan: Formación del carácter, de la inteligencia, de la imaginación, de los sentimientos y la creatividad, y de la libertad. (…) Faltaron algunas cosas, el sentido del humor… el gozar la vida… el respeto de cada quien por su propio temperamento e idiosincrasia. …si a través del trato con sus educadores… los niños y las niñas asimilan que hay estándares más altos a los que pueden aspirar… sin paranoias de perfección… y esto se convierte en hábito, querrán superarse y… en él quedará sembrada la semilla de una buena educación...”

Brevísima muestra de ideales hoy enterrados por el corrosivo pragmatismo rampante.