¿Todos somos corrupción?

En medio de la crisis de confianza en los gobiernos conviene recordar preguntas y pensamientos de los sabios que “en el mundo han sido” para conocer si nos ayudan a encontrar un camino mejor  del que ahora transitamos en este país.

¿Podemos crear una sociedad perfecta? ¿Siempre habrá pobres? ¿Los políticos han de ser corruptos siempre? ¿Podemos mejorar por mal que estemos? ¿Cómo? Preguntas con muchas respuestas según épocas, situaciones e ingenio de los pensadores. En síntesis hay dos respuestas según se afirme como primero el individuo o se considere como primera a la colectividad.

Platón, sabio griego, pensaba un gobierno de filósofos, pues son quienes pueden ver el ideal de la justicia y diseñar cómo vivir para alcanzar ese ideal de manera común: Un gobierno totalitario, atemperado con férreas restricciones impuestas a los gobernantes. Tomás Moro, en el siglo XVI, también pensaba en la colectividad primero. Propuso desaparecer la propiedad privada, acopiar todos los bienes de manera central y entregarlos a la gente que los necesitará de verdad. Los gobernantes serían los más talentosos y sólo estarían al cargo mientras lo hicieran bien. Otros han pensado en “regresar al estado de naturaleza” pues la sociedad siempre echará a perder a los humanos. Y también lo opuesto: Sin sociedad el ser humano perecería presa de sus debilidades, las cuales se pueden reducir si convive con otros, quienes le ayudarán a sobrevivir.

En fin, la dificultad primordial está en cómo equilibrar la satisfacción individual con la salud de la colectividad. Hoy ponemos en primer lugar los derechos individuales y, dicen los pensadores, a vivir tal como si tuviéramos un “contrato social” para respetar a los demás y entregar poder a un cierto número de personas que impongan el orden y operen las sanciones a quienes se desordenan. Individuos satisfechos, ordenados y disciplinados, procurarán colectivos satisfechos, pues si no lo hacen así peligra la satisfacción lograda.

Bien. Pues el invento no funciona del todo. La situación mexicana está “desequilibrada”. La procura de los satisfechos y el ejercicio del poder de los gobiernos no alcanzan para equilibrar pues el número de pobres y de corruptos sube. ¿Hará falta una “policía comunitaria” anti-corrupción? ¿Todos somos corrupción? ¿Es invencible? La indignación ha de dar paso a la organización.