La ciudad incómoda

Numerosas incomodidades causan a los citadinos las obras públicas en las calles. En los cuatro puntos cardinales de la zona metropolitana se están efectuando obras en calles y avenidas, importantes por la cantidad de autos, autobuses y personas que circulan por ahí. Automovilistas, choferes, comerciantes, usuarios del transporte público, peatones y ciclistas se quejan de las afectaciones a su cotidianidad, a su ingreso y hasta su nivel de ansiedad.

Tres son las expresiones quejosas más frecuentes: Hay planeación deficiente en atender las soluciones a la vialidad afectada pues muchos consideran factible otras soluciones menos gravosas, sea por los desvíos alternos propuestos, por la inusual simultaneidad de tantas obras o  por la duración de las obras, muchas veces retrasadas respecto del plazo anunciado.

La segunda queja es por el mayor tiempo de traslado ahora necesario para completar los viajes ordinarios acostumbrados por muchas personas, con las consecuencias de conflictos por la puntualidad y el esfuerzo extra por transitar “a vuelta de rueda” detrás de una larga fila de autos lenta y peligrosa. Y la tercera, más técnica, es la percepción contraria a las obras porque se estima no resolverán los problemas de fondo de la movilidad metropolitana. Se considera que en algunas semanas, quizá un par de meses, volveremos a tener los mismos problemas en los mismos lugares, pues el fondo de la cuestión no se ha tocado.

¿Se puede pensar y hablar de un “derecho a la cotidianidad” de los citadinos? Si se considera un capital social la cotidianidad vivida en la ciudad la autoridad debiera respetarla y por tanto realizar obras y diseñar previsiones con las cuales se cuide esa cotidianidad. Contra este probable deber de la autoridad juega todo lo “mal hecho” antes. Por ejemplo: pensar en desvíos de la circulación por calles secundarias topa con el mal estado de dichas calles y las costumbres de usarlas como estacionamiento. El mayor tiempo de traslado no tiene remedio si la circulación alterna es necesariamente lenta. Y tocar los problemas de fondo sí tiene remedio: gobernantes con piernas fuertes que no les tiemblen para revolucionar el enfoque legal y ético de la ordenanza de la ciudad y aplicarlo con fuerza en el fondo y suave en el modo. Implica modificar los supuestos de las concesiones al transporte público. No menos.