Ver y no ver

Ver, observar, analizar e interpretar nos lleva de la sensación sensible en los ojos a la comprensión y valoración de lo visto. El Presidente de la República, el jueves de la semana pasada, en un acto en el cual anunció una cuantiosa inversión privada en el sector turístico de Cancún expresó su extrañeza porque “no se ven” las “buenas noticias”, tal como esa inversión productiva y generadora de empleo, e interpretó lo sesgado de quien sólo ve las “malas” noticias. Quedó a deber el análisis.

El reclamo público contrasta con noticias del mismo día jueves. Por ejemplo, la declaración de un alto funcionario de una gran compañía minera en Sinaloa, en la cual se refiere a un cuantioso robo sufrido por la empresa. Varias decenas de millones de pesos en lingotes de oro fueron sustraídos de sus instalaciones, las cuales, según detalla, no son de fácil acceso. Es decir, fue un asalto y robo planeado con conocimiento del terreno. Un delito “profesional”. No es una noticia cualquiera.

Otro ejemplo. La nota sobre la renuncia de un alto funcionario de la administración del gobierno federal por causa de mal uso de recursos propiedad del gobierno, denunciado y puesto en evidencia por un ciudadano en el espacio de las redes sociales. Uno quien según la interpretación presidencial insiste en ver “lo malo”.

 ¿Qué hacemos? ¿Nos tapamos los ojos? ¿Cómo hacemos para ver sólo las buenas noticias? ¿Cancelamos nuestra natural capacidad de observación? ¿Mantenemos la costumbre de actuar como si “aquí no pasa nada”? ¿Bastará escribir una vez más los sucesos observados en el ya abultado libro de los hechos aislados?

Es cierto. La costumbre es fijarnos con mayor frecuencia en los sucesos disruptivos y menos en las buenas noticias. Sin embargo no se trata de ver o no ver noticias. Es una cuestión del bien de todos, de lo común de los bienes, del bienestar colectivo. Del cuidado del gobierno por esos bienes. Ese cuidado sí se puede evidenciar con buenas noticias, no con interpretar que sólo queremos insistir en las malas. Si el Presidente “no ve” las malas noticias nos impone una cotidianidad donde las buenas noticias no cumplen las expectativas y las malas noticias, vistas por muchos, el gobierno no las considera tales. Nos condena a vivir en una cotidianidad invadida de malas noticias “aisladas”. Al final del día, ¿a quién cuida el gobierno?