Reformas o reformismo

A la luz de los acontecimientos recientes, las reformas propuestas por el gobierno actual resultan, hasta el momento, inútiles y más cascarón que huevo. Las propuestas del gobierno anunciadas desde la toma de posesión del Presidente del gobierno, hoy están en el pantano de lo insulso y lo conservador.

Las ideas, las intenciones declaradas y aún las reformas en el terreno de la constitución podrían defenderse y quizá compartirse por una mayoría de los mexicanos, con la excepción de la energética la cual se enfrenta a un enorme y popular rechazo ideológico. Las realizaciones a la hora del papel “duro y frío”, en el traslado de principios a procesos, procedimientos y operaciones, quedan lejos, muy lejos, de lo declarado. En este nivel son indefendibles, salvo detalles.

Son muchos los elementos con los cuáles se le quitan “los dientes” a las reformas. Veamos la reforma político – electoral para ejemplificar. La propuesta de un Instituto Nacional Electoral se fundamentó en la imperiosa necesidad de restar injerencia a los aparatos gubernamentales locales en los puntos de control de la limpieza electoral. Si bien las elecciones federales recientes generaron quejas sobre tal limpieza, el desaparecido Instituto Federal Electoral (IFE) logró sortearlas y al final convencer prácticamente. Sin embargo, el análisis detallado de las quejas y sobre todo de las elecciones locales dejó ver el enorme control e intervención del aparato táctico (y sesgado) de varios gobernadores.

Una autoridad “nacional” con todas las atribuciones podría detener, al menos en parte, la intervención local. Hoy, una vez consumada la reforma en el papel, aquel fundamento quedó destrozado. El INE es una institución ligeramente más organizada que su antecesora, con más atribuciones sí pero compartidas con los institutos locales.

Estamos ante un retroceso al menos por lo que anuncia el papel. Además, tampoco será menor el costo por voto pues seguirá la duplicidad de los institutos locales. Gastaremos más dinero público por voto emitido. No se adoptó la idea de una cédula de identidad en lugar de una credencial “para votar”. Reponer la credencial, por el cambio de nombre del Instituto, será un gasto millonario. Tampoco se dio autonomía al Registro Nacional de Electores.

El resto de reformas están por el estilo. Estamos ante un reformismo estéril y vacío.