Primero leyes, luego comer

Días de la Feria Internacional del Libro. Días de encuentro con múltiples oportunidades. De pronto son tantas y tan variadas que siempre queda la sensación de que, a pesar de correr y recorrer, siempre nos perdemos de algo o dejamos algo pendiente el cual al voltear a ver de nuevo ya se esfumó.

En el mismo tiempo, en otro escenario, el de los legisladores del gobierno federal, se celebra otra fiesta. Reuniones suspendidas, negociaciones, dimes y diretes, disputas tan agrias como efímeras y decisiones tan difíciles de comprender que solo un circo puede asemejarse al festín legislativo cuya cruda, sin duda, sufriremos los ciudadanos.

¿Cuál es el afán decembrino por aprobar leyes cuyos textos compiten con cualquier novela de ficción? ¿Por qué los legisladores tienen prisa? ¿Quieren tener su FIL? Todo el año durante tres años continuos, con ayudantes, asesores y asistentes, solo han de legislar. Con dineros abundantes para mandar traer a quien gusten o viajar a verlo y pedirle ayuda y consejo. Dirigidos por lo que se supone es el grupo político más inteligente disponible en el país. Soberanos para decidir los mejores caminos por los cuales transitar de la mediocridad de los resultados de los últimos gobiernos, hacia el rumbo seguro que nos lleve al bienestar. Informados, se supone, al detalle de todos los problemas de México. Con bibliotecas y conexiones en línea para tener acceso en el instante a las alternativas mundiales para resolver todo lo que quieran y se imaginen. ¿Por qué la prisa y la mala calidad de las leyes? Bien pagados, mejor alimentados y nada. ¿Qué hace falta para que México, alguna vez país distinguido por la filosofía de sus leyes y la pulcritud de su discurso legal, tenga un Poder Legislativo a la altura de sus necesidades?

¿Habrá llegado a los recintos legislativos el virus de la indolencia, de la irresponsabilidad, del “ahí se va”? ¿Será necesario fumigar esos recintos? ¿O será la cortedad de miras de quienes no les bastan tres años de vivir del erario y ya en la primera dieta sientan tal disfrute que juren nunca volver a salir del presupuesto? Los estrategas militares de la antigüedad sabían que el mejor ejército era el peor alimentado. ¿Y si en vez de reelección, hoy un premio a la tibieza, organizamos un legislativo que pueda comer una vez realizado, muy bien, su trabajo y no antes como ahora?