Perdió la oportunidad

Antes, en y después de la visita del Papa Francisco han sido muy abundantes los comentarios, análisis y reflexiones sobre las expectativas, los dichos, los gestos, las palabras, los lugares y las relaciones con gobernantes, alto clero, grupos civiles organizados y pueblo en general. Del blanco síntesis de todos los colores visibles hasta el negro ausencia de color, son los tonos de lo escrito acerca de la visita papal y sus ecos. Desde el "no me enteré y no quiero enterarme" hasta el "ha sido una revelación cuasi-divina", los dichos sobre el Papa y las notas de la visita llenan planas, ondas hertzianas y redes sociales, sin faltar polémicas valiosas o triviales y el usual "a río revuelto ganancias de pescadores", encabezado por los gobiernos.

Desde mi mirada, parcial como todas, destacan entre otras, dos notas positivas y una no tanto. La visita a Chiapas ha sido la reivindicación y el reconocimiento del actual y del viejo e histórico trabajo de la iglesia y el clero católico con los pueblos primigenios. Samuel Ruiz y Vasco de Quiroga, y todo un conjunto de pueblos y personas concretas muy despreciadas en no pocos momentos de la vida mexicana hoy ocupan su lugar, pese a quien le pese. Sin duda, hoy nadie puede decir que no sabe muy bien cómo esos pueblos han de estar y ser incluidos en todas las facetas de la vida mexicana y por qué su voz y cultura no puede ser desoída o pasada por alto.

El encuentro con el alto clero católico es un parte aguas. Ha sido una papal evaluación de sus actos y modos de pensar muy clara y no vista antes. Y eso es una buena noticia. La élite clerical ya no puede autoengañarse, el "jefe" les ha puesto enfrente del espejo y les dijo que miraran y miraran bien. Si de ahí no surge otra (otra, reitero) iglesia, esa institución está condenada a la irrelevancia.

El Papa perdió una oportunidad de oro. Decidió no verse al lado de un conjunto de mexicanos y mexicanas, valiosos, lastimados, en situación de dolor y desconsolados: quienes han sufrido por la muerte, desaparición o la desaparición forzada de hijos, familiares y vecinos. Esta es una realidad muy lacerante del tejido y el cuerpo de esta nación. El Papa perdió, él, no ellos, la oportunidad de darnos ejemplo y de consolarlos con su presencia de cuerpo entero. La omisión urge a redoblar la tarea de disminuir, derrotar y curar esa herida.