Participación

Ser parte no es tomar parte activa. Puedo ser mexicano y no tomar parte activa en México. Cuando el Banco Mundial y su célebre presidente Robert McNamara aún no manipulaba la pobreza como un subproducto inevitable del mercado, la pobreza era simplemente la situación, indeseable e inaceptable, en la cual el desarrollo económico extractivo de las grandes potencias, dejaba a un grupo de población sea por la explotación de su fuerza de trabajo o por el control político dictatorial de las masas.

Algunos pensaban y defendían que la pobreza era fruto de la cultura de la pereza (el mexicano “enano” dormido, con un gran sombrero en la cabeza, recargado en un nopal en el desierto) y la falta de voluntad del “pobre” por trabajar. “Trabajo sobra”, decían, faltan trabajadores capaces y por eso no hay inversión. Contra esa ideología de la flojera, se opuso siempre la investigación sólida, social y económica, que hacía ver la imposibilidad de salir de la situación sólo con empleo, que además, contra los dichos, no había en los tamaños requeridos.

La explicación de la pobreza en ese contexto era mucho más sencilla y contundente: El desarrollo, para producir sus frutos, requiere excluir a muchos, mantenerlos al margen, pues la concentración del ingreso para compensar los rendimientos decrecientes – una ley incontrovertible, especialmente en el modelo extractivo – impide incorporar a toda la población al desarrollo. Antes como ahora los estudiosos muestran que el modelo económico, al operar, genera riqueza que se reproduce y se queda en pocos, y pobreza que se multiplica en muchos.

Una parte importante de los efectos de la pobreza es la exclusión de tomar parte activa en el país. Había que romper esa barrera. El Banco Mundial y las grandes potencias impulsaron la democracia política en países “en desarrollo” y en regímenes militarizados. Hoy, México es más demócrata que antes y… más pobre. ¡Oh!

Ahora se impulsa la participación social y la participación ciudadana para remediar la exclusión. Muy bien. Es un paso. Sin embargo, si ese impulso, concretado incluso en leyes, no permite que los excluidos tomen parte cabal en economía y política sin mediaciones neutralizadoras, el modelo no cambiará y la pobreza continuará. Tomar parte para quejarse o demostrar lo equivocado es un paso. Lo decisivo es tomar parte en las decisiones.